Construyendo con Dios

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Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 1 Corintios 3:9.

Esta figura representa el carácter humano que debe ser hecho parte por parte. Cada día Dios trabaja en su edificio, golpe tras golpe, para perfeccionar la estructura, para que llegue a ser un templo santo para él.

El hombre debe cooperar con Dios, luchando con todas sus fuerzas para hacer de sí mismo lo que Dios quiere que sea, edificando su vida con hechos puros y nobles.

El hombre obra y Dios obra. El hombre tiene la obligación de esforzar cada músculo y de ejercitar toda facultad en la lucha por la inmortalidad; pero es Dios quien da la eficiencia. Dios ha hecho sublimes sacrificios por los seres humanos. Ha empleado poderosa energía para llamar al hombre de la transgresión y el pecado a la lealtad y la obediencia; pero él no hace nada sin la cooperación de la humanidad… Es mediante el esfuerzo constante como logramos la victoria sobre las tentaciones de Satanás…

Nadie puede ser levantado sin esfuerzo duro y perseverante. Todos deben intervenir en la lucha para sí mismos. Individualmente somos responsables del resultado de la lucha…

A menudo la instrucción y educación de toda una vida deben ser rechazadas para que uno pueda llegar a ser un discípulo en la escuela de Cristo. Nuestros corazones deben ser educados a estar firmes en Dios.

Debemos formar hábitos de pensamientos que nos capaciten a resistir la tentación. Debemos aprender a mirar hacia arriba. Los principios de la Palabra de Dios—principios que son tan altos como el cielo, que abarcan la eternidad—debemos entenderlos en todos sus alcances en nuestra vida diaria. Cada acto, cada palabra, cada pensamiento debe estar de acuerdo con estos principios.

Las preciosas gracias del Espíritu Santo no se desarrollan en un momento. Los hombres sellarán su destino mediante una vida de santo esfuerzo y firme adhesión a lo recto. The Review and Herald, 28 de abril de 1910.

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