Cuidaos del corazón endurecido

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Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su dehesa, y ovejas de su mano. Si hoy oyereis su voz, no endurezcáis vuestro corazón como en Meriba, como en el día de Masa en el desierto. Salmos 95:7, 8.

Ningún hombre puede dedicar, aunque sea una sola vez, las facultades que Dios le ha dado al servicio del mundo o del orgullo sin colocarse en el terreno del enemigo. Cada repetición del pecado debilita su poder de resistencia, enceguece sus ojos y anubla la convicción. …

El Señor nos envía advertencias, consejos y reproches, para que tengamos oportunidad de corregir nuestros errores antes de que se conviertan en una segunda naturaleza. Pero si rehusamos ser corregidos, Dios no interviene para contrarrestar las tendencias de nuestra propia conducta. El no obra un milagro para que no brote y produzca fruto la semilla sembrada. Aquel hombre que se muestra temerariamente infiel o que manifiesta una impasible indiferencia ante la verdad divina, no está más que recogiendo la cosecha que él mismo ha sembrado. Tal ha sido la experiencia de muchos. Escuchan con estoica indiferencia las verdades que una vez conmovieron sus almas. Sembraron descuido, indiferencia y resistencia a la verdad; y tal es la cosecha que ahora realizan. La frialdad del hielo, la dureza del hierro, la naturaleza impenetrable e inimpresionable de la roca, todo esto encuentra una equivalencia en el carácter de muchos cristianos profesos. Así fué como el Señor endureció el corazón de Faraón. Dios habló al rey egipcio por boca de Moisés, dándole las evidencias más notables del poder divino; pero el monarca tercamente rehusó la luz que lo hubiera conducido al arrepentimiento. Dios no envió un poder sobrenatural para endurecer el corazón del rey rebelde, pero, como Faraón resistió a la verdad, el Espíritu Santo se retiró, y quedó en las tinieblas y la incredulidad que había elegido.

Los hombres se separan de Dios al rehusar la influencia del Espíritu. El no tiene en reserva agentes más poderosos para iluminar sus mentes. Ninguna revelación de su voluntad puede alcanzarlos en su incredulidad.—The Review and Herald, 20 de junio de 1882.

Una fidelidad inquebrantable a los principios ha de señalar la conducta de [163] aquellos que se sientan a los pies de Jesús y aprenden de él (Ibid.).

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