El Arca de Dios y las vicisitudes de Israel | La Historia de la Redención

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El Arca de Dios y las vicisitudes de Israel | La Historia de la Redención


 Este capítulo está basado en 1 Samuel 3-6; 2 Samuel 6; 1 Reyes 8.

El arca de Dios era un cofre sagrado, confeccionado para contener los Diez Mandamientos, que eran una manifestación de Dios mismo. Se consideraba que esta arca era la gloria y la fortaleza de Israel. La señal de la presencia divina se manifestaba sobre ella de día y de noche. Los sacerdotes que servían delante de ella eran dedicados a su santo oficio mediante ritos sagrados. Usaban un pectoral adornado con piedras preciosas de diferentes materiales, los mismos que constituyen los doce fundamentos de la ciudad de Dios. Sobre el pectoral se encontraban los nombres de las doce tribus de Israel, grabados en piedras preciosas engarzadas con oro. Era una prenda muy rica y hermosa, suspendida de los hombros de los sacerdotes, y que les cubría el pecho. {HR 187.1}

A la derecha y a la izquierda del pectoral se veían dos piedras más grandes, que brillaban con mucho resplandor. Cuando los jueces tenían que tratar asuntos difíciles, que no podían decidir por sí mismos, se los enviaba a los sacerdotes, quienes consultaban a Dios y el Señor respondía. Si su veredicto era favorable, y si quería concederles buen éxito, un halo de luz y gloria reposaba especialmente sobre la piedra preciosa ubicada a la derecha. Si en cambio desaprobaba el asunto, una especie de vapor o nube parecía cubrir la piedra preciosa de la izquierda. Cuando consultaban a Dios con respecto a una batalla, si la piedra preciosa de la derecha quedaba envuelta en luz, quería decir: “Vayan, y sean prosperados”. Si en cambio la piedra de la izquierda se envolvía en una nube, quería decir: “No vayan, no van a prosperar”. {HR 187.2}

Cuando el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo una vez al año, para ejercer su ministerio delante del arca en la abrumadora presencia de Dios, consultaba al Señor, y éste a menudo respondía con voz audible. Cuando no lo hacía de viva voz, los sagrados rayos de su gloria descansaban sobre el querubín que se encontraba al lado derecho del arca, en señal de aprobación o favor. Si rechazaba el requerimiento, una nube envolvía al querubín de la izquierda. {HR 188.1}

Cuatro ángeles del cielo acompañaban siempre el arca de Dios en todas sus peregrinaciones, para protegerla de cualquier peligro y para cumplir toda misión que se les requiriera en relación con ella. Jesús, el Hijo de Dios, seguido por los ángeles celestiales, iba delante del arca cuando ésta se aproximaba al Jordán; las aguas se dividieron delante de su presencia. Cristo y los ángeles permanecieron junto al arca y los sacerdotes en el lecho del río hasta que todo Israel cruzó el Jordán. Cristo y los ángeles acompañaron al arca cuando ésta giraba en torno de Jericó, y finalmente derribaron sus macizos muros y entregaron la ciudad en manos de Israel. {HR 188.2}

 

El resultado del descuido de Elí

 

Cuando Elí era sumo sacerdote elevó a sus hijos a la dignidad sacerdotal. Sólo Elí tenía permiso para entrar en el lugar santísimo una vez al año. Sus hijos ministraban junto a la puerta del tabernáculo y oficiaban en relación con las ofrendas de animales y en el altar de los sacrificios. Continuamente abusaban de su cargo sagrado. Eran egoístas, codiciosos, glotones y libertinos. Dios reprobó a Elí por su culpable negligencia con respecto a la disciplina familiar. Elí reprendía a sus hijos pero no los mantenía en sujeción. Después de ubicarlos en el sagrado cargo del sacerdocio, Elí oyó hablar de la conducta de ellos, de cómo defraudaban a los hijos de Israel en sus ofrendas, de sus audaces transgresiones de la ley de Dios y de su conducta violenta que indujo a pecar a Israel. {HR 188.3}

El Señor dio a conocer al niño Samuel los juicios que lanzaría sobre la casa de Elí a causa de la negligencia de éste. “Y Jehová dijo a Samuel: He aquí haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos. Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado. Por tanto, yo he jurado a la casa de Elí que la iniquidad de la casa de Elí no será expiada jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas”. {HR 189.1}

Las transgresiones de los hijos de Elí eran tan audaces, tan insultantes para un Dios santo, que no había sacrificio que pudiera expiar esas violaciones voluntarias de su ley. Esos sacerdotes pecadores profanaban los sacrificios que representaban al Hijo de Dios. Y mediante su conducta blasfema pisoteaban la sangre de la expiación, de la cual provenía la virtud de todos los sacrificios. {HR 189.2}

Samuel transmitió a Elí las palabras del Señor; “entonces él dijo: Jehová es; haga lo que bien le pareciere”. Elí sabía que Dios había sido deshonrado, y se sentía pecador. Admitió que Dios estaba castigando su negligencia culpable. Dio a conocer a todo Israel la palabra del Señor transmitida por medio de Samuel. Al hacerlo creyó corregir en cierta medida su pasada negligencia pecaminosa. El mal pronunciado contra el sacerdote no demoró en producirse. {HR 189.3}

Los israelitas guerrearon contra los filisteos y fueron vencidos, y cuatro mil de entre ellos murieron. Los hebreos estaban atemorizados. Sabían que si otras naciones llegaban a oír algo acerca de su derrota, se sentirían animadas a hacerles la guerra también. Los ancianos de Israel llegaron a la conclusión de que su fracaso se debía a que el arca de Dios no estaba con ellos. Enviaron gente a Silo para que buscara el arca del pacto. Se acordaron del cruce del Jordán y de la fácil victoria obtenida sobre Jericó cuando llevaban el arca, y decidieron que todo lo que necesitaban era tenerla entre ellos, y que de ese modo triunfarían sobre sus enemigos. No se dieron cuenta de que su fortaleza dependía de su obediencia a la ley que estaba dentro del arca, que era una manifestación de Dios mismo. Los indignos sacerdotes, es a saber, Ofni y Finees, estaban junto al arca sagrada, violando de ese modo la ley de Dios. Estos pecadores llevaron el arca al campamento de Israel. La confianza de los guerreros se restableció, y se sintieron seguros del éxito. {HR 190.1}

 

Los Filisteos toman el Arca

 

“Aconteció que cuando el arca del pacto de Jehová llegó al campamento, todo Israel gritó con tan gran júbilo que la tierra tembló. Cuando los filisteos oyeron esa voz de júbilo, dijeron: ¿Qué voz de gran júbilo es ésta en el campamento de los hebreos? Y supieron que el arca de Jehová había sido traída al campamento. Y los filisteos tuvieron miedo, porque decían: Ha venido Dios al campamento. Y dijeron: ¡Ay de nosotros! Pues antes de ahora no fue así. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos dioses poderosos? Estos son los dioses que hirieron a Egipto con toda plaga en el desierto. Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres, para que no sirváis a los hebreos, como ellos os han servido a vosotros; sed hombres, y pelead. Pelearon, pues, los filisteos, e Israel fue vencido, y huyeron cada cual a sus tiendas; y fue hecha muy grande mortandad, pues cayeron de Israel treinta mil hombres de a pie. Y el arca de Dios fue tomada, y muertos los dos hijos de Elí, Ofni y Finees”. {HR 190.2}

Los filisteos creían que esta arca era el dios de los israelitas. No sabían que el Dios viviente, creador de los cielos y la tierra, y que dio su ley en el Sinaí, enviaba prosperidad y adversidad de acuerdo con la obediencia o la transgresión a su santa ley que estaba dentro del arca sagrada. {HR 191.1}

Hubo una gran mortandad en el pueblo de Israel. Elí estaba sentado junto al camino, esperando con corazón tembloroso las noticias procedentes del ejército. Temía que el arca de Dios pudiera ser tomada y contaminada por la hueste filistea. Un mensajero procedente del ejército corrió hasta Silo e informó a Elí que sus dos hijos habían muerto. Pudo soportar esa noticia con cierta calma, porque tenía razones para esperarla. Pero cuando el mensajero añadió: “Y el arca de Dios ha sido tomada”, Elí se tambaleó angustiado sobre su silla, cayó de espaldas y murió. Participó de la ira de Dios que descendió sobre sus hijos. Era en gran medida culpable de sus transgresiones, por su criminal negligencia al no mantenerlos en sujeción. La toma del arca de Dios por parte de los filisteos se consideró la mayor calamidad que podría sobrevenir a Israel. La esposa de Finees, que estaba por dar a luz, llamó Icabod a su hijo diciendo: “Traspasada es la gloria de Israel; porque ha sido tomada el arca de Dios”.{HR 191.2}

 

En la tierra de los Filisteos

 

El Señor permitió que su arca fuera tomada por sus enemigos, para mostrar a Israel cuán vano era confiar en ella, símbolo de su presencia, mientras se hallaban transgrediendo los mandamientos que contenía. El Altísimo quiso humillarlos al retirar de en medio de ellos el arca sagrada, de la cual se vanagloriaban diciendo que era la fuente de su fortaleza y confianza. {HR 192.1}

Los filisteos se sentían triunfadores porque tenían, según creían, al famoso dios de los israelitas, que había llevado a cabo tan grandes maravillas para ellos y que los había convertido en el terror de sus enemigos. Llevaron el arca de Dios a Asdod, y la ubicaron en un espléndido templo, erigido en honor del más popular de sus dioses, es a saber, Dagón, y la pusieron junto a su ídolo. A la mañana siguiente los sacerdotes de esos dioses entraron al templo, y se aterrorizaron al descubrir que Dagón había caído en tierra sobre su rostro delante del arca del Señor. Lo levantaron y lo pusieron en su lugar primitivo. Creyeron que podría haber caído accidentalmente. Pero al otro día lo encontraron caído como la vez anterior, sobre su rostro, en el suelo, y la cabeza del ídolo y sus dos manos estaban separadas del cuerpo. {HR 192.2}

Los ángeles de Dios, que siempre acompañaban al arca, arrojaron en tierra ese ídolo inerte, y después lo mutilaron, para poner de manifiesto que Dios, el Dios viviente, está por encima de todos los dioses, y que en su presencia toda deidad pagana no es nada. Los paganos reverenciaban mucho a su dios, Dagón; y cuando lo encontraron mutilado sin remedio, caído sobre su rostro delante del arca de Dios, se sintieron tristes y lo consideraron un mal presagio para los filisteos. Se lo interpretó como que los filisteos y todos sus dioses se verían sometidos a los hebreos y destruidos por estos, y que el Dios de los israelitas sería más grande y poderoso que todos los dioses. Sacaron el arca del Señor del templo de su ídolo, y la dejaron en otro lugar. {HR 192.3}

Los filisteos conservaron el arca de Dios durante siete meses. Habían vencido a los israelitas y habían tomado el arca de Dios, que suponían era la fuente de su poder, y creyeron que siempre estarían a salvo y no tendrían más temor de los ejércitos de Israel. Pero en medio de su regocijo a consecuencia de su éxito, se escuchó un lamento por toda la tierra, que se adjudicó al arca del Señor. La llevaron aterrorizados de lugar en lugar, y por donde iba la destrucción la seguía, hasta que se sintieron tan perplejos que no sabían qué hacer con ella. Los ángeles que la acompañaban la protegieron de todo daño. Los filisteos no se atrevían a abrirla, porque como Dagón había tenido que enfrentar semejante destino, temían tocarla o acercarse a ella. Llamaron a los sacerdotes y a los adivinos y les preguntaron qué podían hacer con el arca de Dios. Estos aconsejaron que se la enviara al pueblo al cual pertenecía, con una costosa ofrenda por el pecado, para que si el Señor quería aceptarla los sanara. También tuvieron que comprender que la mano del Altísimo estaba sobre ellos porque habían tomado su arca, que pertenecía solamente a Israel. {HR 193.1}

 

El Arca vuelve a Israel

 

Algunos no estaban de acuerdo con que se hiciera esto. Era demasiado humillante devolver el arca, e insistieron en que ningún filisteo pusiera en peligro su vida por llevar el arca de Dios a Israel, ya que les había causado tanta muerte. Sus consejeros suplicaron al pueblo que no endureciera su corazón como los egipcios y Faraón lo habían hecho, para que no les sobrevinieran mayores aflicciones y plagas. Y como todos tenían miedo de tomar el arca del Señor, les aconsejaron diciendo: “Haced, pues, ahora un carro nuevo, y tomad luego dos vacas que críen, a las cuales no haya sido puesto yugo, y uncid las vacas al carro, y haced volver sus becerros de detrás de ellas a casa. Tomaréis luego el arca de Jehová, y la pondréis sobre el carro, y las joyas de oro que le habéis de pagar en ofrenda por la culpa, las pondréis en una caja al lado de ella; y la dejaréis que se vaya. Y observaréis; si sube por el camino de su tierra a Bet-semes él nos ha hecho este mal tan grande; y si no, sabremos que no es su mano la que nos ha herido, sino que esto ocurrió por accidente. Y aquellos hombres lo hicieron así; tomando dos vacas que criaban, las uncieron al carro, y encerraron en casa sus becerros… y las vacas se encaminaron por el camino de Bet-semes, y seguían camino recto, andando y bramando, sin apartarse ni a derecha ni a izquierda”. {HR 194.1}

Los filisteos sabían que no era posible obligar a las vacas a apartarse de sus terneros para dejarlos en casa a menos que un poder invisible las impulsara. Las vacas se fueron directamente a Bet-semes bramando por sus terneros, pero apartándose de ellos en línea recta. Los jefes de los filisteos siguieron el arca hasta los límites de Bet-semes. No se atrevían a confiar plenamente a las vacas el arca sagrada. Temían que si algún mal le acontecía, mayores calamidades les sobrevendrían. No sabían que los ángeles de Dios acompañaban al arca y conducían a las vacas en su camino al lugar que les correspondía. {HR 194.2}

 

Se castiga la presunción

 

La gente de Bet-semes estaba cosechando en el campo y cuando vio el arca de Dios sobre el carro tirado por las vacas, se regocijó en gran manera. Sabían que esto era obra de Dios. Las vacas tiraron del carro que llevaba el arca hasta una gran piedra, y allí se quedaron quietas. Los levitas tomaron el arca de Jehová y la ofrenda de los filisteos, y ofrecieron en holocausto el carro y las vacas que habían traído el arca sagrada, y la ofrenda de los filisteos, en honor de Dios. Los jefes de los filisteos regresaron a Ecrón y la plaga cesó. {HR 195.1}

Los hombres de Bet-semes sentían curiosidad por saber qué gran poder residía en esa arca, que la capacitaba para hacer tantas cosas maravillosas. Consideraban que en ella residía ese poder, y no lo atribuían al Señor. Sólo hombres apartados para el oficio sagrado podían contemplar el arca desprovista de sus coberturas, sin ser muertos, porque contemplarla así era como mirar a Dios mismo. Y la gente satisfizo su curiosidad y abrió el arca para escudriñar sus secretos, lo que los paganos no se habían atrevido a hacer, de modo que los ángeles que cuidaban el arca dieron muerte a más de cincuenta mil personas. {HR 195.2}

Y la gente de Bet-semes temió al arca y dijo: “¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo? ¿A quién subirá desde nosotros? Y enviaron mensajeros a los habitantes de Quiriat-jearim, diciendo: Los filisteos han devuelto el arca de Jehová; descended, pues, y llevadla con vosotros”. La gente de Quiriat-jearim llevó el arca de Jehová a la casa de Abinadab y santificó a su hijo para que la cuidara. Por veinte años los hebreos estuvieron dominados por los filisteos, fueron sumamente humillados y se arrepintieron de sus pecados, y Samuel intercedió por ellos, y Dios volvió a ser misericordioso con ellos. Y los filisteos hicieron guerra contra ellos, y el Señor nuevamente obró en forma milagrosa en favor de Israel, y vencieron a sus enemigos. {HR 195.3}

El arca permaneció en casa de Abinadab hasta que David llegó a ser rey. Reunió entonces a todos los hombres escogidos de Israel, treinta mil, y fue a buscar el arca de Dios. La colocó sobre un carro nuevo y la trajeron desde la casa de Abinadab. Uza y Ahío, hijos de Abinadab, guiaban el carro. David y toda la casa de Israel tocaban delante del Señor toda clase de instrumentos musicales. “Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; porque los bueyes tropezaban. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios”. Uza estaba enojado con los bueyes, porque habían tropezado. Manifestó desconfianza en Dios, como si el que había traído el arca de la tierra de los filisteos no pudiera cuidarla. Los ángeles que la cuidaban hirieron a Uza por poner presuntuosa e impacientemente su mano en el arca de Dios. {HR 196.1}

“Y temiendo David a Jehová aquel día, dijo: ¿Cómo ha de venir a mí el arca de Jehová? De modo que David no quiso traer para sí el arca de Jehová a la ciudad de David; y la hizo llevar David a la casa de Obed-edom geteo”. David sabía que era pecador, y temía que como Uza podía caer de alguna manera en la presunción y acarrear sobre sí la ira de Dios. “Y estuvo el arca de Jehová en casa de Obed-edom geteo tres meses; y bendijo Jehová a Obed-edom y a toda su casa”. {HR 196.2}

Dios quería enseñar a su pueblo que si bien es cierto el arca era terror y muerte para los que desobedecían los mandamientos que se hallaban en ella, también era bendición y fortaleza para los que los obedecían. Cuando David se enteró de que la casa de Obed-edom había recibido gran bendición, y que todo lo que tenía prosperaba por causa del arca de Dios, se sintió muy ansioso de traerla a su propia ciudad. Pero antes de aventurarse a mover el arca sagrada, David se consagró a Dios y también mandó a todos los hombres de gran autoridad en el reino que se abstuvieran de todo negocio mundanal y de todo lo que pudiera distraer sus mentes de la sagrada devoción. Así se santificarían para traer el arca sagrada a la ciudad de David. “Entonces David fue, y llevó con alegría el arca de Dios de casa de Obed-edom a la ciudad de David… {HR 197.1}

“Metieron, pues, el arca de Jehová, y la pusieron en su lugar en medio de una tienda que David le había levantado; y sacrificó David holocaustos y ofrendas de paz delante de Jehová”. {HR 197.2}

 

En el templo de Salomón

 

Cuando Salomón terminó de edificar el templo reunió a los ancianos de Israel y a los hombres más influyentes de entre el pueblo para traer el arca del pacto del Señor de la ciudad de David. Estos hombres se consagraron a Dios y con gran solemnidad y reverencia acompañaron a los sacerdotes que llevaban el arca. “Y llevaron el arca de Jehová, y el tabernáculo de reunión, y todos los utensilios sagrados que estaban en el tabernáculo, los cuales llevaban los sacerdotes y levitas. Y el rey Salomón, y toda la congregación de Israel que se había reunido con él, estaban con él delante del arca, sacrificando ovejas y bueyes, que por la multitud no se podían contar ni numerar”. {HR 197.3}

Salomón siguió el ejemplo de su padre David. Cada vez que daba seis pasos ofrecía un sacrificio. Con cantos, música y gran ceremonia “los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el santuario de la casa, en el lugar santísimo, debajo de las alas de los querubines. Porque los querubines tenían extendidas las alas sobre el lugar del arca, y así cubrían los querubines el arca y sus varas por encima”. {HR 198.1}

Habían edificado un santuario sumamente espléndido, de acuerdo con el modelo que se le mostró a Moisés en el monte y que más tarde el Señor le presentó a David. El santuario terrenal fue hecho de acuerdo con el celestial. Además de los querubines ubicados sobre la cubierta del arca, Salomón hizo dos ángeles más de gran tamaño, de pie en cada extremo del arca, para representar a los ángeles celestiales que siempre protegen la ley de Dios. Es imposible describir la belleza y el esplendor de este templo. Allí, tal como en el tabernáculo, se llevó el arca sagrada con orden, reverencia y solemnidad, y se la ubicó en su sitio entre las alas de los dos grandes querubines que estaban de pie sobre el piso. {HR 198.2}

El coro sagrado unió sus voces a la de toda clase de instrumentos músicos para alabar a Dios. Y mientras las voces en perfecto acuerdo con los instrumentos de música resonaban por el templo y se extendían por el aire hacia Jerusalén, la nube de la gloria de Dios tomó posesión de la casa como había ocurrido anteriormente con el tabernáculo. “Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová”. {HR 198.3}

El rey Salomón se puso de pie sobre una plataforma de bronce ubicada delante del altar y bendijo al pueblo. Enseguida se arrodilló y con las manos extendidas hacia el cielo elevó una ferviente y solemne oración a Dios mientras la congregación se postraba con el rostro hacia tierra. Cuando terminó su plegaria, un fuego milagroso descendió del cielo y consumió el sacrificio.{HR 199.1}

A causa de los pecados de Israel la calamidad que Dios dijo alcanzaría al templo si su pueblo se apartaba de él se cumplió algunos siglos después de su construcción. Dios prometió a Salomón que si permanecía fiel, y su pueblo obedecía sus mandamientos, ese glorioso templo permanecería para siempre en todo su esplendor, como una evidencia de la prosperidad y las espléndidas bendiciones que descenderían sobre Israel como resultado de su obediencia. {HR 199.2}

 

El cautiverio de Israel

 

Dios permitió que Israel fuera llevado en cautiverio por causa de su transgresión de los mandamientos del Señor y sus malas acciones, para humillarlo y castigarlo. Antes de la destrucción del templo, Dios informó a unos pocos de sus fieles siervos el destino de ese edificio, que era el orgullo de Israel, y que ellos idolatraban mientras al mismo tiempo pecaban contra Dios. También les reveló el cautiverio de Israel. Esos hombres justos, inmediatamente antes de la destrucción del templo, sacaron el arca sagrada que contenía las tablas de piedra, y con dolor y pesar la ocultaron secretamente en una caverna donde estaría escondida del pueblo de Israel por causa de sus pecados, para no serles restituida nunca más. El arca sigue escondida. Nadie la ha perturbado jamás desde que se la escondió. {HR 199.3}

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