El diluvio | La Historia de la Redención

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El diluvio | La Historia de la Redención


Capítulo 8—El diluvio

Este capítulo está basado en Génesis 6; 7; 8; 9:8-17.

Los descentientes de Set fueron llamados hijos de Dios; los de Caín, hijos de los hombres. Cuando los hijos de Dios se mezclaron con los hijos de los hombres, los primeros se corrompieron y, al casarse con los segundos perdieron, mediante la influencia de sus esposas, su carácter santo y peculiar, y se unieron con los hijos de Caín para practicar la idolatría. Muchos dejaron a un lado el temor de Dios y pisotearon sus mandamientos. Pero unos pocos obraron justamente; eran los que temían y honraban a su Creador. Noé y su familia se contaban entre los pocos justos que había. {HR 64.1}

La maldad del hombre era tan grande, y aumentó hasta un extremo tal, que Dios se arrepintió de haberlo creado sobre la tierra, pues vio que su maldad era mucha, y que todo designio de los pensamientos de su corazón era de continuo solamente el mal. {HR 64.2}

Más de cien años antes del diluvio el Señor envió un ángel al fiel Noé para hacerle saber que no tendría más misericordia de los miembros de la raza corrupta. Pero no quería que ignoraran su propósito. Instruiría a Noé y lo transformaría en un fiel predicador para advertir al mundo acerca de la destrucción que se avecinaba, a fin de que los habitantes de la tierra no tuvieran excusa. El patriarca debía predicar a la gente, y también construir un arca según las indicaciones de Dios para salvación de sí mismo y su familia. No sólo debía predicar, sino que su ejemplo al construir el arca habría de convencer a todos que creía lo que predicaba. {HR 64.3}

Noé y su familia no estaban solos al temer y obedecer a Dios. Pero el patriarca era el más piadoso y santo de todos los hombres de la tierra, y a él preservó Dios para que llevara a cabo su voluntad al construir el arca y advertir al mundo acerca de su próxima condenación. Matusalén, el abuelo de Noé, vivió hasta el mismo año cuando ocurrió el diluvio; y hubo otros que creyeron en la predicación de Noé y le ayudaron en la construcción del arca, que murieron antes que las aguas de éste cayeran sobre la tierra. Condenó al mundo por su predicación y su ejemplo al construir el arca. {HR 65.1}

Dios dio a todos los que querían la oportunidad de arrepentirse y volverse a él. Pero no creyeron en la predicación de Noé. Se burlaron de sus advertencias y ridiculizaron la construcción de aquel inmenso navío sobre tierra seca. Los esfuerzos del patriarca para reformar a sus congéneres no tuvieron éxito. Por más de cien años perseveró en sus intentos por conducir a los hombres al arrepentimiento y a Dios. Cada golpe que se daba en el arca equivalía a una predicación. Noé dirigía, predicaba y trabajaba, mientras la gente lo contemplaba con asombro y lo consideraba fanático. {HR 65.2}

 

La construcción del Arca

 

Dios le dio las dimensiones exactas del arca e indicaciones definidas con respecto a cada detalle de la construcción. En muchos sentidos no se asemejaba a un navío sino más bien a una casa cuyo fundamento era como un barco para que pudiera flotar sobre el agua. No había ventanas en las paredes laterales. Tenía tres pisos de altura y la luz que recibía provenía de una ventana que estaba en el techo. La puerta estaba al costado. Los diferentes compartimentos preparados para recibir a los animales estaban construidos de tal manera que la ventana superior los iluminaba a todos. El arca fue hecha con madera de gofer o ciprés, que duraba cientos de años sin deteriorarse. Era una construcción de gran resistencia, que la sabiduría del hombre no podía inventar. Dios fue el arquitecto y Noé su maestro constructor. {HR 65.3}

Después que el patriarca hizo todo lo que pudo para que cada porción de la obra estuviera bien hecha, era imposible que ésta, por sí misma, pudiera resistir la violencia de la tormenta que Dios en su ira desataría sobre la tierra. La tarea de completar la construcción fue un proceso lento. Cada tabla fue ajustada cuidadosamente, y todas sus junturas calafateadas con brea. Todo lo que el hombre podía hacer se hizo para que la obra fuera perfecta; pero, después de todo, sólo Dios podía librar esa construcción de las iracundas y poderosas ondas, por medio de su poder milagroso. {HR 66.1}

Al principio una cantidad de gente recibió en apariencias las amonestaciones de Noé, pero esas personas no se volvieron plenamente a Dios con verdadero arrepentimiento. Se les dio tiempo antes que llegara el diluvio, durante el cual serían probadas. Pero no soportaron la prueba. Las venció la degeneración prevaleciente, y finalmente se unieron a otros que eran corruptos y que se mofaban del fiel Noé y lo escarnecían. No quisieron abandonar sus pecados y continuaron practicando la poligamia y entregándose a la complacencia de sus pasiones corrompidas. {HR 66.2}

Su tiempo de prueba estaba por terminar. Los incrédulos y burlones habitantes del mundo experimentarían una especial manifestación del poder de Dios. Noé había seguido fielmente las instrucciones que el Señor le había dado. El arca se terminó exactamente como el Altísimo lo había indicado. Había almacenado grandes cantidades de alimentos para hombres y bestias. Y una vez que todo estuvo listo, Dios ordenó al fiel Noé: “Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación”. {HR 67.1}

 

Los animales entran en el Arca

 

Se enviaron ángeles para reunir en los bosques y los campos a los animales que Dios había creado. Iban delante de ellos, y éstos los seguían, de dos en dos, macho y hembra, y los animales limpios en grupos de a siete. Esos animales, desde los más feroces hasta los más mansos e inofensivos, entraron solemne y pacíficamente en el arca. El cielo parecía cubierto de aves de todas clases. Llegaron volando hasta el arca, de dos en dos, macho y hembra, y de las aves limpias en grupos de a siete. El mundo los contemplaba maravillado, algunos con temor, pero se habían endurecido tanto en su rebelión, que esa suprema manifestación del poder de Dios tuvo sólo una influencia momentánea sobre ellos. Durante siete días los animales llegaron hasta el arca, y Noé los acomodó en los lugares que les había preparado. {HR 67.2}

Mientras la raza condenada contemplaba el sol que brillaba con toda su gloria, y la tierra revestida de una belleza casi edénica, ahuyentó sus crecientes temores con diversiones ruidosas, y mediante sus actos de violencia parecían invocar sobre sí la caída de la ya presente ira de Dios. {HR 67.3}

Todo estaba listo entonces para cerrar el arca, cosa que Noé no podía hacer desde su interior. La mofadora multitud vio un ángel que descendió del cielo revestido de un resplandor semejante al de un relámpago. Cerró la maciza puerta exterior, y emprendió de nuevo su viaje rumbo al cielo. {HR 68.1}

La familia de Noé estuvo siete días en el arca antes que la lluvia comenzara a descender sobre la tierra. En ese tiempo se prepararon para su larga permanencia en ella mientras las aguas cubrieran la tierra. Fueron días de blasfemas diversiones para la multitud incrédula. Puesto que la profecía de Noé no se cumplió inmediatamente después de su entrada en el arca, ésta creía que el patriarca estaba engañado y que era imposible que el mundo pudiera ser destruido por un diluvio. Antes de eso no había habido lluvia sobre la tierra. Una especie de vapor surgía de las aguas, que Dios hacía descender de noche como rocío, para revitalizar la vegetación y hacerla florecer. {HR 68.2}

A pesar de la solemne demostración del poder de Dios que habían contemplado, de la inusitada presencia de los animales que venían de los bosques y los campos en dirección del arca, del ángel de Dios que descendió del cielo revestido de luz y terrible majestad para cerrar la puerta, los impíos endurecieron su corazón y continuaron divirtiéndose y mofándose de las manifestaciones del poder divino. {HR 68.3}

 

Se desata la tempestad

 

Pero al octavo día los cielos se oscurecieron. El rugido del trueno y el vívido resplandor de los relámpagos comenzaron a aterrorizar a hombres y animales. Desde las nubes la lluvia descendía sobre ellos. Era algo que no habían visto antes y sus corazones comenzaron a desfallecer de temor. Los animales iban de un lado al otro presas de salvaje terror, y sus alaridos discordantes parecían un lamento que preanunciaba su propio destino y la suerte de los hombres. La tormenta aumentó en violencia hasta que las aguas parecían descender del cielo como tremendas cataratas. Los ríos se salieron de madre y las aguas inundaron los valles. Los fundamentos del abismo también se rompieron. Chorros de agua surgían de la tierra con fuerza indescriptible, arrojando rocas macizas a cientos de metros de altura, para luego caer y sepultarse en las profundidades de la tierra. {HR 68.4}

La gente vio primero la destrucción de las obras de sus manos. Sus espléndidos edificios, sus jardines y huertas tan hermosamente arreglados, donde habían ubicado sus ídolos, fueron destruidos por rayos del cielo. Sus ruinas se esparcieron por todas partes. Habían erigido altares en los bosques, consagrados a sus imágenes, en los cuales habían ofrecido sacrificios humanos. Lo que Dios detestaba fue destruido ante ellos por la ira divina, y temblaron ante el poder del Dios viviente, Hacedor de los cielos y la tierra, y se les hizo saber que sus abominaciones y horribles sacrificios idolátricos habían acarreado su destrucción. {HR 69.1}

La violencia de la tormenta aumentó, y entre la furia de los elementos se escuchaban los lamentos de la gente que había despreciado la autoridad de Dios. Arboles, edificios, rocas y tierra salían disparados en todas direcciones. El terror de hombres y animales era indescriptible. El mismo Satanás, obligado a permanecer en medio de la furia de los elementos, temió por su vida. Se había deleitado al dirigir a esa raza tan poderosa, y quería que viviera para poner en práctica por medio de ella sus abominaciones, y aumentar su rebelión contra el Dios del cielo. Profería imprecaciones contra Dios acusándolo de injusticia y crueldad. Mucha gente, como Satanás, blasfemaba contra el Señor, y si hubieran podido llevar a cabo los propósitos de su rebelión, lo hubieran expulsado de su trono de justicia. {HR 69.2}

Mientras muchos blasfemaban y maldecían a su Creador, otros, con frenético temor, extendían las manos hacia el arca y rogaban que se los dejara entrar. Pero eso era imposible. Dios había cerrado la puerta, la única entrada, y dejó a Noé adentro y a los impíos afuera. Sólo él podía abrir la puerta. El temor y el arrepentimiento de esta gente se produjo demasiado tarde. Tuvieron que reconocer que había un Dios viviente más poderoso que el hombre, a quien habían desafiado y contra quien habían blasfemado. Lo invocaron fervorosamente, pero el oído divino estaba cerrado a sus clamores. Algunos, desesperados, trataron de entrar a la fuerza en el arca, pero esa firme estructura resistió todos sus embates. Otros se aferraron a ella hasta que los arrebató la furia de la corriente, o las rocas y los árboles que volaban en todas direcciones. {HR 70.1}

Los que habían despreciado las advertencias de Noé y habían ridiculizado al fiel predicador de la justicia, se arrepintieron demasiado tarde de su incredulidad. El arca se sacudía y se agitaba vigorosamente. Los animales que estaban dentro de ella expresaban mediante diferentes sonidos su temor descontrolado; sin embargo, en medio de la furia de los elementos, la elevación del nivel de las aguas y las violentas arremetidas de árboles y rocas, el arca avanzaba con seguridad. Algunos ángeles sumamente fuertes la guiaban y la protegían de todopeligro. Su preservación a cada instante de esa terrible tempestad de cuarenta días y cuarenta noches fue un milagro del Todopoderoso. {HR 70.2}

Los animales amenazados por la tempestad acudieron a los hombres, pues preferían estar cerca de los seres humanos, como si esperaran que ellos los auxiliaran. Algunos ataron a sus hijos a fuertes animales, e hicieron otro tanto consigo mismos, pues sabían que éstos lucharían por su vida, y treparían a las cumbres más altas para huir de las aguas que subían. La tempestad no moderó su furia, sin embargo; las aguas, en cambio, aumentaron de nivel más rápidamente que al principio. Algunos se ataron a altos árboles ubicados en las cumbres más elevadas de la tierra, pero éstos fueron desarraigados y lanzados con violencia por el aire como si alguien los hubiera arrojado con furia, junto con piedras y lodo, sobre las olas que avanzaban y bullían. Sobre esas cumbres seres humanos y bestias luchaban por conservar su posición, hasta que todos fueron arrojados a las espumosas aguas que casi llegaban a esos lugares. Por fin esas cimas fueron alcanzadas también, y los hombres y los animales que se hallaban allí perecieron por igual arrastrados por las aguas del diluvio. {HR 71.1}

Noé y su familia observaban ansiosamente el descenso de las aguas. El patriarca deseaba salir y pisar tierra firme nuevamente. Envió un cuervo que salió del arca y volvió. No recibió la información que deseaba, y entonces envió una paloma, la cual, al no encontrar donde posarse, regresó al arca. Después de siete días soltó de nuevo una paloma, y cuando vieron la rama de olivo en su pico, los ocho miembros de la familia se regocijaron mucho, pues habían estado por largo tiempo en el arca. {HR 71.2}

Nuevamente descendió un ángel y abrió la puerta. Noé podía sacar la parte superior, pero no podía abrir lo que Dios había cerrado. El Señor habló con Noé por medio del ángel que abrió la puerta, y ordenó a su familia que saliera del arca con todos los seres vivientes que había en ella. {HR 72.1}

 

El sacrificio de Noé y la promesa de Dios

 

Noé no se olvidó de Dios, que los había protegido tan bondadosamente; en seguida erigió en cambio un altar y tomó de todos los animales limpios y las aves limpias, y los ofreció en holocausto sobre él para manifestar así su fe en Cristo, el gran Sacrificio, y su gratitud a Dios por su maravillosa protección. La ofrenda de Noé ascendió a Dios como un dulce aroma. La aceptó y bendijo a Noé y a su familia. De esta manera se enseñó una lección a todos los seres que habrían de vivir sobre la tierra: cada vez que se manifiesta la misericordia y el amor de Dios hacia nosotros, lo primero que deberíamos hacer es agradecerle y rendirle culto con humildad. {HR 72.2}

Y para que el hombre no se atemorizara cuando viera agolparse las nubes y cuando lloviera, y para que no estuviera constantemente afligido, con el temor de otro diluvio, Dios bondadosamente animó a la familia de Noé mediante una promesa: “Estableceré mi pacto con vosotros, y no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra. Y dijo Dios: Esta es la señal del pacto que yo establezco entre mí y vosotros y todo ser viviente que está con vosotros, por siglos perpetuos: Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra. Y sucederá que cuando haga venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes… Estará el arco en las nubes, y lo veré, y me acordaré del pacto perpetuo entre Dios y todo ser viviente, con toda carne que hay sobre la tierra”. {HR 72.3}

¡Qué condescendencia de parte de Dios! ¡Qué compasión con el hombre falible fue poner el hermoso y multicolor arco iris en las nubes como prueba del pacto del gran Dios con el hombre! Ese arco debía manifestar a todas las generaciones el hecho de que Dios destruyó a los habitantes de la tierra mediante un diluvio a causa de su gran maldad. Era su propósito que cuando los niños de las generaciones sucesivas lo vieran en las nubes y preguntaran por qué se extendía por los cielos ese magnífico arco, sus padres se refirieran a la destrucción del mundo antiguo por medio del diluvio porque la gente se había entregado a toda clase de impiedad, y las manos del Altísimo le habían dado forma y lo habían colocado en el cielo como señal de que Dios nunca más enviaría las aguas de un diluvio sobre la tierra. {HR 73.1}

Ese símbolo que aparece en las nubes debe confirmar la fe de todos y afianzar su confianza en Dios, pues es una prueba de la misericordia y la bondad divinas hacia el hombre, y que aunque el Señor se vio obligado a destruir la tierra por medio del diluvio, su misericordia sigue envolviendo el planeta. Dios dijo que se acordaría del hombre cuando viera el arco en las nubes. No debemos entender que alguna vez se iba a olvidar de él. No. Lo que ocurre es que habla con el hombre en su propio idioma, para que éste lo pueda comprender mejor. {HR 73.2}

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