El gran maestro

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Para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Juan 18:37.

Cristo fue el mayor Maestro que el mundo conoció jamás. Vino a esta tierra para difundir los brillantes rayos de la verdad, a fin de que los hombres pudiesen adquirir idoneidad para el cielo. “Para esto he venido al mundo—declaró—, para dar testimonio a la verdad”. Juan 18:37. Vino para revelar el carácter del Padre, a fin de que los hombres pudiesen ser inducidos a adorarle en espíritu y en verdad.

El cielo sabía que el hombre necesitaba un maestro divino. La compasión y simpatía de Dios se despertaron en favor de los seres humanos, caídos y atados al carro de Satanás; y cuando llegó la plenitud del tiempo, él envió a su Hijo. El que había sido señalado en los concilios del cielo, vino a esta tierra como instructor del hombre. La rica benevolencia de Dios lo dio a nuestro mundo; y para satisfacer las necesidades de la naturaleza humana, se revistió de humanidad. Para asombro de la hueste celestial, el Verbo eterno vino a este mundo como un niño impotente. Plenamente preparado, dejó los atrios celestiales y se alió misteriosamente con los seres humanos caídos. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Juan 1:14.

Cuando Cristo dejó su alto comando, podría haber tomado sobre sí cualquier condición de la vida que hubiese querido. Pero la grandeza y la jerarquía no representaban nada para él, y eligió el modo de vivir más humilde. No había de gozar de lujos, comodidades, ni complacencia propia. La verdad de origen celestial había de ser su tema; tenía que sembrarla en el mundo, y vivió de tal manera que era accesible para todos.

El que, durante su infancia, Cristo hubiese de crecer en sabiduría y favor con Dios y los hombres, no era asunto de asombro; porque estaba de acuerdo con las leyes de su promulgación divina que sus talentos se desarrollasen y se fortaleciesen sus facultades.

No procuró educarse en las escuelas de los rabinos; porque Dios era su instructor. A medida que adquiría edad, crecía en sabiduría.

Se aplicaba diligentemente al estudio de las Escrituras; porque sabía que estaban llenas de instrucción inestimable. Fue fiel en el cumplimiento de sus deberes domésticos; y en vez de pasar en el lecho las primeras horas de la mañana, se le hallaba a menudo en un lugar retraído, escudriñando las Escrituras y orando a su Padre celestial.

Le eran familiares todas las profecías concernientes a su obra y mediación, y especialmente las que se referían a su humillación, expiación e intercesión. Tenía siempre presente el objeto de su vida en la tierra, y se regocijaba al pensar que el misericordioso propósito del Señor había de prosperar en sus manos…

Sus palabras reconfortaban y bendecían a los que anhelaban la paz que él solo podía dar.— Consejos para los Maestros Padres y Alumnos acerca de la Educación Cristiana, 246-247.

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