El mensaje del juicio conmueve a Estados Unidos

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Un agricultor íntegro y de corazón recto, que había sido inducido a dudar de la autoridad divina de las Escrituras, pero que deseaba sinceramente conocer la verdad, fue el hombre especialmente elegido por Dios para dar principio a la proclamación de la segunda venida de Cristo. Como otros muchos reformadores, Guillermo Miller había batallado con la pobreza en su juventud, y así había aprendido grandes lecciones de tesón y abnegación. Los miembros de la familia de la que descendía se habían distinguido por un espíritu independiente y amante de la libertad, por su capacidad de resistencia y ardiente patriotismo; estos rasgos también sobresalían en el carácter de Guillermo. Su padre fue capitán en el ejército de la Revolución [guerra de la independencia norteamericana], y a los sacrificios que hizo durante las luchas y los sufrimientos de esa época tempestuosa pueden deberse las circunstancias penosas de la juventud de Miller. {CES 48.1}

Poseía una constitución robusta, y ya desde su niñez dio pruebas de una fortaleza intelectual fuera de lo común, la que se fue acentuando con la edad. Su mente era activa y bien desarrollada, y tenía una sed aguda de conocimiento. Aunque no gozó de las ventajas de una instrucción académica, su amor al estudio y el hábito de reflexionar cuidadosamente, junto con su agudo criterio, hicieron de él un hombre de sano juicio y puntos de vista amplios. Su carácter moral era irreprochable y poseía una reputación envidiable, siendo generalmente estimado por su integridad, frugalidad y benevolencia. A fuerza de energía y aplicación no tardó en adquirir bienestar, si bien aún conservó sus hábitos de estudio. Desempeñó con éxito varios cargos civiles y militares, y el camino hacia la riqueza y los honores parecía estarle ampliamente abierto. {CES 48.2}

Su madre era una mujer de piedad verdadera, y en su infancia estuvo sujeto a influencias religiosas. Sin embargo, en su temprana adultez se involucró socialmente con los deístas, cuya influencia era muy fuerte por el hecho de que la mayoría de ellos eran buenos ciudadanos y hombres de disposiciones humanitarias y benévolas. Viviendo como vivían en medio de instituciones cristianas, sus caracteres habían sido modelados hasta cierto punto por el medio ambiente. Debían a la Biblia las cualidades que les granjeaban respeto y confianza; y no obstante, tan hermosas dotes se habían pervertido hasta ejercer influencia contra la Palabra de Dios. Al rozarse con esos hombres Miller llegó a adoptar sus opiniones. Las interpretaciones corrientes de las Escrituras presentaban dificultades que le parecían insuperables; a su vez sus nuevas creencias, al tiempo que le hacían rechazar la Biblia, no le ofrecían nada mejor en su lugar y distaban mucho de satisfacerlo. Sin embargo conservó esas ideas cerca de doce años. Pero a la edad de 34 el Espíritu Santo obró en su corazón y le hizo sentir su condición de pecador. No hallaba en su creencia anterior seguridad alguna de dicha más allá de la tumba. El porvenir se le presentaba sombrío y tétrico… {CES 48.3}

En ese estado permaneció por varios meses. Dice: “De pronto el carácter de un Salvador se grabó intensamente en mi mente. Me pareció que bien podía existir un ser tan bueno y compasivo que expiara nuestras transgresiones, y así nos librara de sufrir la pena del pecado. Sentí inmediatamente cuán amable debía ser ese alguien, y me imaginé que podría echarme en sus brazos y confiar en su misericordia. Pero surgió la pregunta: ¿Cómo se puede probar que tal ser existe? Encontré que, fuera de la Biblia, no podía obtener evidencia alguna de la existencia de semejante Salvador, o siquiera de una existencia futura… {CES 49.1}

“Discerní que la Biblia presentaba precisamente un Salvador como el que yo necesitaba; pero no veía cómo un libro no inspirado pudiera desarrollar principios tan perfectamente adaptados a las necesidades de un mundo caído. Me vi obligado a admitir que las Escrituras debían ser una revelación de Dios. Llegaron a ser mi deleite; y en Jesús encontré un amigo. El Salvador vino a ser para mí el más señalado entre diez mil; y las Escrituras, que antes eran oscuras y contradictorias, se volvieron entonces antorcha para mis pies y luz para mi senda. Mi mente obtuvo calma y satisfacción. Encontré que el Señor Dios era una Roca en medio del océano de la vida. Ahora la Biblia llegó a ser mi estudio principal, y puedo decir en verdad que la escudriñaba con gran deleite. Encontré que nunca se me había dicho ni la mitad de su contenido. Me admiraba de no haber visto antes su belleza y gloria, y me maravillaba de que alguna vez la rechazara. En ella encontré revelado todo lo que mi corazón podía desear, y un remedio para cada enfermedad del alma. Perdí enteramente el gusto por otra lectura, y apliqué mi corazón a adquirir sabiduría de Dios”.—Bliss, Memoirs of Wm. Miller [Memorias de G. Miller], 65-67. {CES 49.2}

Entonces Miller hizo pública profesión de fe en la religión que había despreciado. Pero sus incrédulos compañeros no tardaron en aducir todos esos argumentos que él mismo a menudo había esgrimido contra la autoridad divina de las Escrituras. Él todavía no estaba preparado para contestarles; pero razonó que si la Biblia es una revelación de Dios, debía ser consecuente consigo misma; y que habiendo sido dada para instrucción del hombre, debía estar adaptada a su entendimiento. Resolvió estudiar las Escrituras por su cuenta y averiguar si toda aparente contradicción no podía armonizarse. {CES 50.1}

Procuró poner a un lado toda opinión preconcebida y, prescindiendo de todo comentario, comparó pasaje con pasaje con la ayuda de las referencias marginales y la concordancia. Prosiguió su estudio de una manera regular y metódica: empezando con el Génesis y leyendo versículo por versículo, no seguía adelante hasta que se develaba el significado de los pasajes que estaba estudiando, dejándolo libre de toda perplejidad. Cuando encontraba algo oscuro, era su costumbre compararlo con todos los demás textos que parecían tener alguna referencia con el asunto en cuestión. Le reconocía a cada palabra el sentido que le correspondía según el tema del texto, y si la idea que de él se formaba armonizaba con cada pasaje colateral, desaparecía la dificultad. Así, cada vez que daba con un pasaje difícil de comprender, encontraba una explicación en algún otro lugar de las Escrituras. A medida que estudiaba con oración ferviente por iluminación divina, lo que antes le había parecido oscuro a su entendimiento se le aclaraba. Experimentaba la verdad de las palabras del salmista: “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples”. Salmos 119:130. {CES 50.2}

 

El estudio de las profecías

 

Con profundo interés estudió los libros de Daniel y el Apocalipsis y empleó los mismos principios de interpretación que en los demás libros de la Biblia, y con gran gozo comprobó que los símbolos proféticos podían ser entendidos. Vio que, en la medida en que se habían cumplido, las profecías lo habían hecho literalmente; que todas las diferentes figuras, metáforas, parábolas, símiles, etc., o estaban explicadas en su contexto inmediato, o los términos en que estaban expresadas eran definidos en otros pasajes; y que cuando eran así explicados debían ser entendidos literalmente. Dice: “Así me convencí de que la Biblia es un sistema de verdades reveladas dadas con tanta claridad y sencillez que el viajero, por insensato que fuere, no necesita extraviarse”. Ibíd. 70. Eslabón tras eslabón de la cadena de la verdad recompensaba sus esfuerzos, a medida que paso a paso descubría las grandes líneas de la profecía. Ángeles del cielo dirigían sus pensamientos y abrían las Escrituras a su entendimiento. {CES 50.3}

Al tomar por criterio la manera en que las profecías se habían cumplido en lo pasado, para considerar el cumplimiento de las que estaban en el futuro, se convenció de que el concepto popular del reino espiritual de Cristo -un milenio temporal antes del fin del mundo- no estaba fundamentado en la Palabra de Dios. Esta doctrina, que indicaba mil años de justicia y paz antes de la venida personal del Señor, difería para un futuro muy lejano los terrores del día de Dios. Pero, por agradable que ella sea, es contraria a las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles, quienes declaran que el trigo y la cizaña crecerán juntos hasta la siega al fin del mundo; que “los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor”; que “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos”; y que el reino de las tinieblas subsistirá hasta la venida del Señor y será consumido por el espíritu de su boca y destruido con el resplandor de su venida. Mateo 13:30, 38-41; 2 Timoteo 3:13, 1; 2 Tesalonicenses 2:8. {CES 51.1}

La doctrina de la conversión del mundo y del reino espiritual de Cristo no era sostenida por la iglesia apostólica. No fue generalmente aceptada por los cristianos hasta casi principios del siglo XVIII. Como todos los demás errores, sus resultados fueron malos. Enseñó a los hombres a dejar para un remoto porvenir la venida del Señor y les impidió que dieran importancia a las señales precursoras de su regreso. Infundía un sentimiento de confianza y seguridad que no estaba bien fundamentado, y llevó a muchos a descuidar la preparación necesaria para encontrarse con su Señor. {CES 51.2}

Miller encontró que la venida literal y personal de Cristo está claramente enseñada en las Escrituras. Pablo dice: “El Señor mismo descenderá del cielo con mandato soberano, con la voz del arcángel y con trompeta de Dios”. Y el Salvador declara: “Verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y grande gloria… Porque como el relámpago sale del oriente, y se ve lucir hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre”. Será acompañado por todas las huestes del cielo: “El Hijo del hombre” vendrá “en su gloria, y todos los ángeles con él”. “Y enviará sus ángeles con grande estruendo de trompeta, los cuales juntarán a sus escogidos”. 1 Tesalonicenses 4:16; Mateo 24:30, 27; 25:31; 24:31, VM. {CES 52.1}

A su venida los justos muertos resucitarán, y los justos que estuvieren aún vivos serán mudados. Pablo dice: “No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un momento, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad”. Y en 1 Tesalonicenses, después de describir la venida del Señor, dice: “Los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor”. 1 Corintios 15:51-53; 1 Tesalonicenses 4:16, 17, BJ. {CES 52.2}

El pueblo de Dios no puede recibir el reino antes de la venida personal de Cristo. El Señor dijo: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo!” Mateo 25:31-34, BJ. Hemos visto en los pasajes citados que cuando el Hijo del hombre venga, los muertos serán resucitados incorruptibles y los vivos serán transformados. Este gran cambio los preparará para recibir el reino; pues Pablo dice: “La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción”. 1 Corintios 15:50, VM. En su estado presente el hombre es mortal, corruptible; pero el reino de Dios será incorruptible y sempiterno. Por tanto, en su estado presente el hombre no puede entrar en el reino de Dios. Pero cuando venga Jesús, conferirá inmortalidad a su pueblo; y luego los llamará a heredar el reino, del que hasta allí sólo habían sido presuntos herederos. {CES 52.3}

Éstos y otros pasajes bíblicos probaron claramente a la mente de Miller que los acontecimientos que generalmente se esperaba que se verificasen antes de la venida de Cristo -tales como el reino universal de paz y el establecimiento del reino de Dios en la Tierra- debían realizarse después del segundo advenimiento. Además, todas las señales de los tiempos y la condición del mundo correspondían a la descripción profética de los últimos días. Por el solo estudio de las Escrituras, Miller se vio forzado a concluir que el período fijado para la subsistencia de la Tierra en su estado actual estaba por terminar. {CES 53.1}

 

El impacto de la cronología bíblica

 

Él dice: “Otra clase de evidencia que afectó vitalmente mi mente fue la cronología de las Escrituras… Encontré que los eventos predichos, que se habían cumplido en lo pasado, a menudo ocurrieron dentro de un tiempo determinado. Los 120 años hasta el diluvio (Génesis 6:3); los 7 días que debían precederlo, con la predicción de 40 días de lluvia (Génesis 7:4); los 400 años de la estadía de la simiente de Abrahán (Génesis 15:13); los 3 días de los sueños del copero y del panadero (Génesis 40:12-20); los 7 años de Faraón (Génesis 41:28-54); los 40 años en el desierto (Números 14:34); los 3 1/2 años de hambre 1 Reyes 17:1, ver Lucas 4:25… los 70 años del cautiverio (Jeremías 25:11); los 7 tiempos de Nabucodonosor (Daniel 4:13-16); y las 7 semanas, 62 semanas y 1 semana, que sumaban 70 semanas determinadas para los judíos (Daniel 9:24-27); todos los acontecimientos limitados por esos períodos de tiempo fueron de repente simplemente una cuestión profética, y se cumplieron de acuerdo con las predicciones”.—Ibíd. 74, 75. {CES 53.2}

Por consiguiente, al encontrar en su estudio de la Biblia varios períodos cronológicos que, según su modo de entenderlos, se extendían hasta la segunda venida de Cristo, no pudo menos que considerarlos como los “tiempos señalados” que Dios había revelado a sus siervos. Moisés dice: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre”; y el Señor declara por el profeta Amós que él “no hará nada… sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”. Deuteronomio 29:29; Amós 3:7. Así que los estudiantes de la Palabra de Dios pueden, confiadamente, esperar encontrar indicado claramente en las Escrituras de verdad el evento más estupendo que se realizará en la historia humana. {CES 53.3}

Miller dice: “Estando completamente convencido de que toda Escritura divinamente inspirada es útil (2 Timoteo 3:16); que en ningún tiempo fue dada por voluntad de hombre, sino que fue escrita por hombres santos inspirados del Espíritu Santo (2 Pedro 1:21), y esto ‘para nuestra enseñanza… a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza’ (Romanos 15:4), no pude menos que considerar las partes cronológicas de la Biblia como pertinentes a la Palabra de Dios y tan acreedoras a nuestra seria consideración como cualquiera otra parte de las Escrituras. Pensé por consiguiente que al tratar de comprender lo que Dios, en su misericordia, había juzgado conveniente revelarnos, yo no tenía derecho a pasar por alto los períodos proféticos”.—Ibíd. 75. {CES 54.1}

 

La profecía de Daniel 8:14

 

La profecía que parecía revelar con la mayor claridad el tiempo de la segunda venida era la de (Daniel 8:14): “Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario” (VM). Siguiendo la regla de hacer que la Escritura se intérprete a sí misma, Miller aprendió que un día en la profecía simbólica representa un año (Números 14:34; Ezequiel 4:6); vio que el período de 2.300 días proféticos, o años literales, se extendería más allá del fin de la dispensación judaica, y que por consiguiente no podía referirse al Santuario de esa dispensación. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la Tierra es el Santuario, y por tanto dedujo que la purificación del Santuario predicha en (Daniel 8:14) representaba lapurificación de la Tierra con fuego en la segunda venida de Cristo. Llegó pues a la conclusión de que si se podía encontrar el preciso punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del segundo advenimiento…—Ibíd. 76. {CES 54.2}

Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan inmensa importancia y absorbente interés. En el (capítulo 8) de Daniel no pudo encontrar algún indicio para el punto de partida de los 2.300 días; aunque se le mandó que hiciera entender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dio una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo soportar más, y el ángel lo dejó por algún tiempo. Daniel quedó “sin fuerzas” y estuvo “enfermo algunos días”. Dice: “Estaba asombrado de la visión; mas no hubo quien la explicase”. {CES 55.1}

Sin embargo Dios había mandado a su mensajero: “¡Haz que éste entienda la visión!” Esa orden debía ser cumplida. En obediencia a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió a Daniel y le dijo: “Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento… entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión”. Daniel 8:27, 16; 9:22, 23, VM. Había un punto importante en la visión del (capítulo 8) que no había sido explicado, a saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente, el ángel, al reanudar su explicación, se espacia en la cuestión del tiempo: {CES 55.2}

“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad… Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, más no por sí… Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. Daniel 9:24-27. {CES 55.3}

El ángel había sido enviado a Daniel con el propósito expreso de que le explicara el punto que había fallado en entender en la visión del (capítulo 8), el dato relativo al tiempo: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”. Después de mandar a Daniel que “entienda… la palabra” y que alcance “inteligencia de la visión”, las primeras palabras del ángel son: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad”. La palabra traducida aquí por “determinadas” significa literalmente “cortadas de”. El ángel declara que las 70 semanas, que representaban 490 años, debían ser “cortadas de” por pertenecer especialmente a los judíos. ¿Pero de dónde fueron cortadas? Como los 2.300 días son el único período de tiempo mencionado en el (capítulo 8), deben constituir el período del que fueron cortadas las 70 semanas; por tanto, las 70 semanas deben formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar juntos. El ángel declaró que las 70 semanas datan de la salida del edicto para reedificar Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de ese edicto, entonces queda fijado el punto de partida del gran período de los 2.300 días. {CES 55.4}

Ese decreto se encuentra en el (capítulo 7) de Esdras. Vers. 12-26. Fue expedido en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia, en el año 457 a.C. Pero en (Esdras 6:14) se dice que la casa del Señor fue edificada en Jerusalén “por decreto de Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia” (NVI). Estos tres reyes, al expedir, reafirmar y completar el decreto, lo pusieron en la perfección requerida por la profecía para que marcase el comienzo de los 2.300 años. Al tomar el año 457 a.C., el tiempo cuando el decreto fue completado, como fecha de la orden, se vio que se había cumplido cada especificación de la profecía referente a las 70 semanas. {CES 56.1}

“Desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”; es decir, 69 semanas, o 483 años. El decreto de Artajerjes fue puesto en vigencia en el otoño del 457 a.C. Al partir de esta fecha, los 483 años se extienden hasta el otoño del 27 d.C.* Entonces fue cuando se cumplió esta profecía. La palabra “Mesías” significa “el Ungido”. En el otoño del 27 d.C., Cristo fue bautizado por Juan [el Bautista] y recibió la unción del Espíritu Santo. El apóstol Pedro testifica que “Dios ungió con Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret”. Hechos 10:38. Y el mismo Salvador declara: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”. Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, “predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido”. Lucas 4:18;Marcos 1:14, 15. {CES 56.2}

“Y por otra semana confirmará el pacto con muchos”. La “semana” de la cual se habla aquí es la última de las 70; son los 7 últimos años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese tiempo, que se extendió del año 27 al año 34 d.C., Cristo, primero en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del evangelio especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las instrucciones del Salvador fueron: “Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Mateo 10:5, 6. {CES 57.1}

“A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. En el año 31 d.C., 3 1/2 años después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante 4.000 años había prefigurado al Cordero de Dios. El tipo se encontró con el antitipo, y todos los sacrificios y las oblaciones del sistema ceremonial debían cesar. {CES 57.2}

Las 70 semanas, o 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo vimos, en el año 34 d.C. En dicha fecha, por auto del Sanedrín judío, la nación selló su rechazo del evangelio con el martirio de Esteban y la persecución de los seguidores de Cristo. Entonces el mensaje de salvación, ya no más limitado al pueblo elegido, fue dado al mundo. Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, “predicaban la palabra por dondequiera que iban. Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les anunciaba al Mesías”. Pedro, guiado por Dios, dio a conocer el evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cornelio; y el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fue comisionado para llevar las alegres nuevas “lejos, a los gentiles”.Hechos 8:4, 5; 22:21, NVI. {CES 57.3}

Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una manera sorprendente, y el principio de las 70 semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 a.C. y su fin en el año 34 d.C. Al partir de esta fecha no es difícil encontrar el final de los 2.300 días. Las 70 semanas -490 días-, cortadas de los 2.300 días, dejan 1.810 días. Concluidos los 490 días, quedarían aún por cumplirse los 1.810 días. Al contar desde el 34 d.C., los 1.810 años llegan al año 1844. Por consiguiente, los 2.300 días de (Daniel 8:14) terminaron en 1844. Al fin de ese gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, “el santuario” debía ser “purificado”. De este modo la fecha de la purificación del Santuario -la cual se creía casi universalmente que se verificaría en la segunda venida de Cristo- quedó establecida definitivamente. {CES 58.1}

Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la primavera de 1844, mientras que la profecía señala al otoño de ese año. La equivocación en este punto fue causa de chasco y perplejidad para los que habían fijado para la primavera de dicho año el tiempo de la venida del Señor. Pero esto no afectó en lo más mínimo la fuerza del argumento que demuestra que los 2.300 días terminaron en el año 1844 y que el gran acontecimiento representado por la purificación del Santuario debía verificarse entonces. {CES 58.2}

 

El deber de comunicarlo a otros

 

Al empezar a estudiar las Escrituras como lo hizo, para probar que son una revelación de Dios, Miller no tenía, al principio, la menor idea de que llegaría a la conclusión a que había llegado. Apenas podía él mismo creer en los resultados de su investigación. Pero la evidencia de la Escritura eran demasiado clara y concluyente para rechazarla. {CES 58.3}

Había dedicado dos años al estudio de la Biblia cuando, en 1818, llegó a tener la solemne convicción de que unos 25 años después aparecería Cristo para redimir a su pueblo. Miller dice: “No necesito hablar del gozo que llenó mi corazón ante tan embelesadora perspectiva, ni de los ardientes anhelos de mi alma para participar del júbilo de los redimidos. Ahora la Biblia era para mí un libro nuevo. Era en verdad una fiesta de la razón; todo lo que para mí había sido sombrío, místico u oscuro en sus enseñanzas, había desaparecido de mi mente ante la clara luz que brotaba de sus páginas sagradas; y ¡oh, cuán brillante y gloriosa aparecía la verdad! Todas las contradicciones e inconsistencias que había encontrado antes en la Palabra desaparecieron; y si bien quedaban muchas partes que no comprendía del todo, era tanta la luz que manaba de las Escrituras para iluminar mi anterior mente oscurecida, que al estudiarlas sentía un deleite que nunca antes me hubiera figurado que podría sacar de sus enseñanzas”.—Ibíd. 76, 77. {CES 58.4}

“Con la solemne convicción de que las Escrituras predecían el cumplimiento de tan importantes eventos en tan corto espacio de tiempo, surgió con fuerza en mi interior la cuestión de saber cuál era mi deber para con el mundo en vista de la evidencia que había conmovido mi propia mente”. Ibíd. 18. No pudo menos que sentir que era su deber impartir a otros la luz que había recibido. Esperaba encontrar oposición de parte de los impíos, pero estaba seguro de que todos los cristianos se gozarían en la esperanza de ir al encuentro del Salvador a quien profesaban amar. Su único temor era que en su gran júbilo por la perspectiva de la gloriosa liberación que debía cumplirse tan pronto, muchos recibiesen la doctrina sin examinar lo suficiente las Escrituras para ver si era la verdad. De aquí que vacilara en presentarla, por temor de estar errado y de hacer descarriar a otros. Esto lo indujo a revisar las evidencias que apoyaban las conclusiones a que había arribado, y a considerar cuidadosamente cualquiera dificultad que se presentase a su mente. Encontró que las objeciones se desvanecían ante la luz de la Palabra de Dios como la neblina ante los rayos del sol. Los cinco años que dedicó a esos estudios le dejaron enteramente convencido de lo correcto de su posición. {CES 59.1}

El deber de hacer conocer a otros lo que él creía estar tan claramente enseñado en las Escrituras se le impuso entonces con nueva fuerza… {CES 59.2}

Empezó a presentar sus ideas en privado siempre que se le ofrecía la oportunidad, rogando que algún ministro sintiese la fuerza de ellas y se dedicase a proclamarlas. Pero no podía librarse de la convicción de que tenía un deber personal que cumplir dando la advertencia. De continuo se presentaban a su mente las palabras: “Anda y anúncialo al mundo; su sangre demandaré de tu mano”. Esperó nueve años, y la carga continuaba pesando sobre su alma, hasta que en 1831 expuso por primera vez en público las razones de su fe… {CES 59.3}

 

Comienza un despertar religioso

 

Sólo al pedido de sus hermanos, en cuyas palabras creyó oír el llamado de Dios, se debió que Miller consintiera en presentar sus opiniones en público. Ya tenía 50 años, no estando acostumbrado a hablar en público y se consideraba incapaz de hacer la obra que se esperaba de él. Pero desde el principio sus labores fueron notablemente bendecidas para la salvación de las almas. Su primera conferencia fue seguida de un despertar religioso durante el cual trece familias enteras, menos dos personas, fueron convertidas. Se lo instó inmediatamente a hablar en otros lugares, y casi en todas partes su trabajo resultaba en un reavivamiento de la obra del Señor. Los pecadores se convertían, los cristianos se reconsagraban a Dios, y los deístas e incrédulos eran inducidos a reconocer la verdad de la Biblia y la religión cristiana. El testimonio de aquellos entre quienes trabajaba era: “Alcanza a una clase de intelectos que no están dentro de la influencia de otros hombres”. Ibíd. 138. Su predicación estaba pensada para despertar interés en los grandes asuntos de la religión y contrarrestar la mundanalidad y sensualidad crecientes de la época. {CES 60.1}

En casi todas las ciudades se convertían los oyentes por veintenas y hasta por centenares. En muchos lugares se le abrían de par en par las iglesias protestantes de casi todas las denominaciones, y las invitaciones para trabajar en ellas le llegaban generalmente de los ministros de las diversas congregaciones. Tenía por regla invariable no trabajar donde no hubiese sido invitado; sin embargo, pronto vio que no le era posible atender siquiera la mitad de los pedidos que le llegaban. {CES 60.2}

 

Evidencias de la bendición divina

 

Muchos que no aceptaban su modo de ver en cuanto a la fecha exacta del segundo advenimiento, estaban convencidos de la certeza y proximidad de la venida de Cristo y de que necesitaban prepararse para ella. En algunas de las grandes ciudades, sus labores hicieron una impresión extraordinaria. Los taberneros abandonaban su negocio y convertían sus establecimientos en salas de culto; las casas de juegos cerraban; incrédulos, deístas, universalistas y hasta libertinos empedernidos -algunos de los cuales no habían entrado en algún lugar de culto por años- se corregían. Las diversas denominaciones establecían reuniones de oración en diferentes barrios, a casi cualquier hora, y los hombres de negocios se reunían al mediodía para orar y cantar. No se notaba excitación extravagante, sino que una solemnidad casi total ocupaba la mente de la gente. La obra de Miller, como la de los primeros reformadores, tendía más a convencer el entendimiento y despertar la conciencia que meramente excitar las emociones. {CES 60.3}

En 1833 Miller recibió de la Iglesia Bautista, de la cual era miembro, una licencia que lo autorizaba para predicar. Además, un buen número de los ministros de su denominación aprobaban su obra, y con su sanción formal él prosiguió sus labores. Viajaba y predicaba sin descanso, si bien sus labores personales se limitaban principalmente a los Estados del este y el centro de Norteamérica. Durante varios años sufragó él mismo todos sus gastos de su bolsillo, y ni aun más tarde se le costearon nunca por completo los gastos de viaje a los puntos adonde se lo invitaba. De modo que, lejos de reportarle provecho pecuniario, sus labores públicas constituían un pesado gravamen para su fortuna particular, que fue menguando durante ese período de su vida. Era padre de una familia numerosa, pero como todos eran frugales y diligentes, su finca rural bastaba para el sustento de todos ellos.{CES 61.1}

 

La última de las señales

 

En 1833, dos años después que Miller comenzara a presentar en público las evidencias de la pronta venida de Cristo, apareció la última de las señales prometidas por el Salvador como precursoras de su segunda venida. Jesús había dicho: “Las estrellas caerán del cielo”. Y Juan, al recibir la visión de las escenas que anunciarían el día de Dios, declara en el Apocalipsis: “Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento”. Mateo 24:29; Apocalipsis 6:13. Esta profecía se cumplió de modo sorprendente y pasmoso con la gran lluvia meteórica del 13 de noviembre de 1833. Fue éste el más extenso y admirable espectáculo de estrellas fugaces que se haya registrado, pues “¡sobre todos Estados Unidos el firmamento entero estuvo entonces, durante horas seguidas, en conmoción ígnea! No ha ocurrido jamás en este país, desde el tiempo de los primeros colonos, un fenómeno celestial que despertara tan grande admiración entre unos, ni tanto terror ni alarma entre otros”. “Su sublimidad y terrible belleza quedan aún grabadas en la mente de muchos… Jamás cayó lluvia más tupida que ésa en que cayeron los meteoros hacia la Tierra; al este, al oeste, al norte y al sur era lo mismo. En una palabra, todo el cielo parecía en conmoción… El espectáculo, tal como está descrito en el Diario del profesor Silliman, fue visto por toda la América del Norte… Desde las dos de la madrugada hasta la plena claridad del día, en un firmamento perfectamente sereno y sin nubes, todo el cielo estuvo constantemente surcado por una lluvia incesante de cuerpos que brillaban de modo deslumbrador” (R. M. Devens, American Progress; o The Great Events of the Greatest Century [Progreso norteamericano. O los grandes eventos del siglo más grande], cap. 28, párr. 1-5). {CES 61.2}

En el Journal of Commerce [Periódico de Comercio] de Nueva York del 14 de noviembre de 1833 se publicó un largo artículo referente a este fenómeno maravilloso, y en él se leía la siguiente declaración: “Supongo que ningún filósofo ni erudito ha referido o registrado jamás un suceso como el de ayer por la mañana. Hace 1.800 años un profeta lo predijo con toda exactitud, si entendemos que las estrellas que cayeron eran estrellas errantes o fugaces… en el único sentido en el cual es posible que sea literalmente verdadero”. {CES 62.1}

Así se desplegó la última de las señales de su venida, acerca de las cuales Jesús había expresado a sus discípulos: “Cuando viereis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a las puertas”. Mateo 24:33, VM. Después de estas señales Juan contempló, como gran acontecimiento inmediato, que el cielo desaparecía como un libro cuando es enrollado, mientras que la Tierra era sacudida, las montañas y las islas eran movidas de sus lugares, y los impíos, aterrorizados, trataban de esconderse de la presencia del Hijo del hombre. Apocalipsis 6:12-17. {CES 62.2}

Muchos de los que presenciaron la caída de las estrellas la consideraron como un anunció del juicio venidero, “como un tipo pavoroso, un precursor infalible, una señal misericordiosa, de ese día grande y terrible” (“The Old Countryman” [El viejo labrador], en el Evening Advertiser [Proclamador Vespertino] de Portland, 26 de noviembre de 1833). Así fue dirigida la atención de la gente hacia el cumplimiento de la profecía, y muchos fueron inducidos a hacer caso de la advertencia del segundo advenimiento. {CES 63.1}

 

La Biblia y sólo la Biblia

 

Guillermo Miller poseía facultades intelectuales poderosas, disciplinadas por la reflexión y el estudio; y a ellas añadió la sabiduría del cielo al conectarse con la Fuente de la sabiduría. Era hombre de verdadero valer, que no podía menos que imponer respeto y granjearse el aprecio dondequiera que supiera estimarse la integridad de carácter y la excelencia moral. Al unir verdadera bondad de corazón a la humildad cristiana y al dominio de sí mismo, era atento y afable para con todos, y siempre listo para escuchar las opiniones de los demás y pesar sus argumentos. Sin apasionamiento ni agitación, examinaba todas las teorías y doctrinas a la luz de la Palabra de Dios; y su sano juicio y profundo conocimiento de las Escrituras le permitían refutar el error y desenmascarar la falsedad. {CES 63.2}

Sin embargo no prosiguió su obra sin encontrar encarnizada oposición. Como les sucediera a los primeros reformadores, las verdades que proclamaba no eran recibidas favorablemente por los maestros religiosos. Como éstos no podían sostener sus posiciones apoyándose en las Escrituras, se vieron obligados a recurrir a los dichos y doctrinas de los hombres, a las tradiciones de los Padres. Pero la Palabra de Dios era el único testimonio aceptado por los predicadores de la verdad del advenimiento. “La Biblia, y la Biblia sola”, era su consigna. La falta de argumentos bíblicos por parte de sus adversarios era suplida por el ridículo y la burla. Tiempo, medios y talentos fueron empleados en difamar a aquellos cuyo único crimen consistía en esperar con gozo el regreso de su Señor, y en esforzarse por vivir vidas santas y en exhortar a los demás a que se preparasen para su aparición… {CES 63.3}

El instigador de todo mal no trató únicamente de contrarrestar los efectos del mensaje del advenimiento, sino de destruir al mismo mensajero. Miller hacía una aplicación práctica de la verdad bíblica a los corazones de sus oyentes -reprobaba sus pecados y turbaba su presunción-, y sus palabras claras y cortantes despertaron la animosidad de ellos. La oposición manifestada por los miembros de iglesia contra su mensaje envalentonó a las clases bajas a ir aún más allá; y enemigos conspiraron para quitarle la vida a su salida del lugar de reunión. Pero hubo ángeles guardianes entre la multitud, y uno de ellos, bajo la forma de un hombre, tomó del brazo al siervo del Señor y lo puso a salvo del populacho furioso. Su obra aún no estaba terminada, y Satanás y sus emisarios se vieron frustrados en sus planes. {CES 64.1}

A pesar de toda oposición, el interés en el movimiento adventista siguió en aumento. De veintenas y centenas el número de los creyentes alcanzó a muchos miles. Las diferentes iglesias se habían acrecentado notablemente, pero al poco tiempo el espíritu de oposición se manifestó hasta contra esos conversos, y las iglesias empezaron a tomar medidas disciplinarias con los que adoptaban los puntos de vista de Miller. Eso indujo a Miller a una reacción por escrito, donde instó a los cristianos de todas las denominaciones a que, si sus doctrinas eran falsas, se lo probasen por medio de las Escrituras. {CES 64.2}

Él decía: “¿Qué hemos creído que no se nos haya sido ordenado creer por la Palabra de Dios, y que ustedes mismos reconocen como la regla, la única regla de nuestra fe y conducta? ¿Qué hemos hecho para que se nos arrojasen tan virulentos cargos y diatribas desde el púlpito y la prensa, y para darles motivo para excluirnos a nosotros [los adventistas] de sus iglesias y comunión?” “Si estamos en el error, les ruego nos muestren en qué consiste nuestro error. Muéstrennos por la Palabra de Dios que estamos en el error; harto se nos ha ridiculizado, pero eso jamás podrá convencernos de que estamos en el error; la Palabra de Dios sola puede cambiar nuestro modo de ver. Nuestras conclusiones se formaron después de madura reflexión y mucha oración, a medida que veíamos las evidencias en las Escrituras” ibíd., 250, 252… {CES 64.3}

 

Reacciones diferentes

 

¿Y por qué la doctrina y predicación de la segunda venida de Cristo fueron tan mal recibidas por las iglesias? Si bien el advenimiento del Señor trae desgracia y desolación a los impíos, para los justos está cargado de gozo y esperanza. Esta gran verdad había sido el consuelo de los fieles siervos de Dios a través de los siglos; ¿por qué se convirtió, como su Autor, en “piedra de tropiezo y roca que hace caer” para su profeso pueblo? Fue nuestro Señor mismo quien prometió a sus discípulos: “Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo”. Juan 14:3. El compasivo Salvador fue quien, al prever el abandono y dolor de sus seguidores, encargó a los ángeles que los consolaran con la seguridad de que volvería en persona, así como había subido al cielo. Mientras los discípulos estaban mirando con ansia al cielo para percibir la última vislumbre de Aquel a quien amaban, fue atraída su atención por las palabras: “Varones galileos, ¿por qué os quedáis mirando así al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá del mismo modo que lo habéis visto ir al cielo”. El mensaje de los ángeles reavivó la esperanza. “Volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios”. Lucas 24:52, 53. No se alegraban de que Jesús se hubiese separado de ellos ni de que hubiesen sido dejados para luchar con las pruebas y tentaciones del mundo, sino porque los ángeles les habían asegurado que él volvería. {CES 65.1}

La proclamación de la venida de Cristo debería ser ahora como lo expresado por los ángeles a los pastores de Belén: buenas nuevas de gran gozo. Los que aman verdaderamente al Salvador no pueden menos que recibir con aclamaciones de alegría el anunció fundado en la Palabra de Dios de que el Ser en quien se concentran sus esperanzas de vida eterna volverá, no para ser insultado, despreciado y rechazado como en su primer advenimiento, sino con poder y gloria para redimir a su pueblo. Son los que no aman al Salvador quienes desean que no regrese; y no puede haber evidencia más concluyente de que las iglesias se han apartado de Dios que la irritación y la animosidad despertadas por este mensaje proveniente del Cielo. {CES 65.2}

Los que aceptaron la doctrina del advenimiento fueron despertados a la necesidad de arrepentirse y humillarse ante Dios. Muchos habían estado vacilando mucho tiempo entre Cristo y el mundo; entonces sintieron que era tiempo de decidirse. “Las cosas eternas asumieron para ellos una realidad extraordinaria. Se les acercó el cielo, y se sintieron culpables ante Dios” ibíd., 146. Los cristianos fueron despertados a una nueva vida espiritual. El mensaje les hizo sentir que el tiempo era corto, que debían hacer pronto cuanto debía ser hecho por sus semejantes. La Tierra retrocedía, la eternidad parecía abrirse ante ellos y el alma, con todo lo que pertenece a su dicha o infortunio inmortal, eclipsaba profundamente todo objeto temporal. El Espíritu de Dios descansaba sobre ellos y daba poder a los llamados ardientes que dirigían tanto a sus hermanos como a los pecadores con el fin de que se preparasen para el día de Dios. El testimonio silencioso de su vida diaria era una censura constante para los miembros formales y no consagrados de las iglesias. Estos no querían que se los molestara en su búsqueda de placeres, ni en su culto a Mammón ni en su ambición de honores mundanos. De ahí la enemistad y oposición despertadas contra la fe adventista y los que la proclamaban. {CES 66.1}

 

Se desalienta la investigación

 

Como los argumentos basados en las porciones proféticas resultaban irrefutables, los adversarios trataron de desanimar la investigación de este asunto enseñando que las profecías estaban selladas… {CES 66.2}

Los ministros y la gente declararon que las profecías de Daniel y el Apocalipsis eran misterios incomprensibles. Pero Cristo había llamado la atención de sus discípulos a las palabras del profeta Daniel relativas a los eventos que debían desarrollarse en tiempo de ellos, y les había dicho: “El que lee,entienda”. Y la aseveración de que el Apocalipsis es un misterio que no se puede entender es rebatida por el título mismo del libro: “Revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto… Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca”. Mateo 24:15; Apocalipsis 1:1-3… {CES 66.3}

Ante semejante testimonio de la Inspiración, ¿cómo se atreven los hombres a enseñar que el Apocalipsis es un misterio fuera del alcance del entendimiento humano? Es un misterio revelado, un libro abierto. El estudio del Apocalipsis dirige la mente a las profecías de Daniel, y ambos libros presentan instrucciones de suma importancia, dadas por Dios a los hombres, concernientes a los eventos que han de desarrollarse al fin de la historia de este mundo. {CES 67.1}

A Juan le fueron reveladas escenas de profundo y conmovedor interés acerca de la experiencia de la iglesia. Vio la situación, los peligros, los conflictos y la liberación final del pueblo de Dios. Registra los mensajes finales que han de hacer madurar la mies de la Tierra, ya sea en gavillas para el granero celestial o en manojos para los fuegos de destrucción. Le fueron revelados asuntos de suma importancia, especialmente para la última iglesia, para que los que se volviesen del error a la verdad pudiesen ser instruidos con respecto a los peligros y conflictos que les esperaban. Nadie necesita estar a oscuras en lo que concierne a lo que ha de acontecer en la Tierra. {CES 67.2}

Entonces, ¿por qué existe esta ignorancia general acerca de tan importante porción del Santo Escrito? ¿Por qué es tan universal la falta de voluntad para investigar sus enseñanzas? Es el resultado de un esfuerzo calculado del príncipe de las tinieblas para ocultar a los hombres lo que revela sus engaños. Por esta razón Cristo el Revelador, al prever la guerra que se desataría contra el estudio del Apocalipsis, pronunció una bendición sobre cuantos leyesen, oyesen y guardasen las palabras de la profecía.—Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 363-390. {CES 67.3}

 

Preguntas para estudiar

 

1. ¿Qué clase de hombre era Guillermo Miller? (Pág. 48.) {CES 67.4}

2. ¿Qué método de estudio usó Miller en su investigación de la Biblia? (Págs. 50, 51.) {CES 67.5}

3. ¿A qué resultados negativos había conducido la doctrina de la conversión del mundo? (Págs. 51, 52.) {CES 67.6}

4. ¿En qué sentido el texto de (Daniel 8:14) llegó a ser particularmente significativo? (Págs. 54, 55.) {CES 68.1}

5. Miller vinculó la purificación del Santuario con la segunda venida de Cristo. ¿Qué creencia generalizada de aquel entonces lo condujo a esa conclusión equivocada? (Pág. 54.) {CES 68.2}

6. ¿Cuándo y cómo llegó Jesús a ser el “Ungido”? ¿Cómo y cuándo cesaron “el sacrificio y la ofrenda”? (Págs. 56. 57.) {CES 68.3}

7. ¿Cuán significativos fueron estos eventos en la profecía de los 2.300 días de Daniel 8:14? (Págs. 56-58.) {CES 68.4}

8. Miller pasó siete años estudiando fervientemente la Biblia. ¿Cuántos fueron dedicados a una investigación inicial, y cuántos a una cuidadosa revisión? (Págs. 58, 59.) {CES 68.5}

9. ¿Por qué razones Miller vaciló en cuanto a comenzar a predicar? (Pág. 59.) {CES 68.6}

10. ¿En qué sentido la predicación de Miller fue similar a la de los primeros reformadores? (Pág. 61.) {CES 68.7}

11. ¿Por qué la predicación de Miller, al igual que la de los reformadores, suscitó la oposición de los “maestros religiosos del pueblo”? ¿Con qué sustituyeron éstos su falta de argumentos bíblicos? (Págs. 63, 64.) {CES 68.8}

12. ¿Por qué la predicación de la segunda venida de Cristo fue tan mal recibida en las iglesias? ¿De qué manera afectó esa misma predicación a quienes la aceptaron? (Págs. 65-67.) {CES 68.9}

13. ¿Contra qué están protegidos los que leen, escuchan y guardan las palabras de la profecía del Apocalipsis? (Págs. 66, 67.) {CES 68.10}

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