El ministerio de Pedro | La Historia de la Redención

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El ministerio de Pedro | La Historia de la Redención


 Este capítulo está basado en Hechos 9:32 a 11:18.

Pedro, al proseguir sus tareas, visitó a los santos de Lida. Allí curó a Eneas, que había quedado confinado en su lecho por ocho años por causa de una parálisis. “Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó. Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor”. {HR 294.1}

Jope estaba cerca de Lida, y en ese entonces Tabita -la traducción de cuyo nombre es Dorcasyacía allí muerta. Había sido una digna discípula de Jesucristo, y su vida se había caracterizado por actos de caridad y bondad en favor de los pobres y de los dolientes, y por su celo en la causa de la verdad. Su muerte constituía una gran pérdida. La iglesia naciente no podía prescindir de sus nobles esfuerzos. Cuando los creyentes se enteraron de las maravillosas curaciones efectuadas por Pedro en Lida, manifestaron su intenso deseo de que viniera a Jope. Se enviaron mensajeros para solicitar su presencia allí. {HR 294.2}

“Levantándose entonces Pedro, fue con ellos; y cuando llegó, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas”. Pedro solicitó que sus amigas, que lloraban y clamaban, salieran de la habitación. Se arrodilló entonces y oró fervientemente a Dios para que restaurara la vida y la salud al cuerpo inerte de Dorcas; “y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó. Y él, dándole la mano, la levantó; entonces, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva”. Esta gran obra de traer a la vida a esta muerta fue el medio por el cual muchos se convirtieron en Jope a la fe de Cristo. {HR 294.3}

 

El centurión

 

“Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre”. Aunque Cornelio era romano, había llegado a conocer al Dios verdadero, y había renunciado a la idolatría. Era obediente a la voluntad de Dios y lo adoraba con corazón sincero. No se había relacionado con Jesús, pero conocía la ley moral y la obedecía. No había sido circuncidado ni participaba de los sacrificios y las ofrendas; por lo tanto, según los judíos, era impuro. No obstante, apoyaba la causa de los judíos mediante donativos generosos, y era conocido en todo lugar por sus actos de caridad y benevolencia. Su vida recta le dio una buena reputación tantos entre los judíos como entre los gentiles. {HR 295.1}

Cornelio no comprendía cabalmente la fe de Cristo, aunque creía en las profecías y estaba esperando al Mesías venidero. Mediante su amor y su obediencia a Dios se había acercado a él y estaba preparado para recibir al Salvador cuando se le revelara. La condenación se produce cuando se rechaza la luz que Dios da. El centurión pertenecía a una noble familia y ocupaba un cargo de mucha responsabilidad y honor; pero esas circunstancias no pervirtieron los atributos de su carácter. La verdadera bondad y la grandeza se unían en él para darle una elevada condición moral. Su influencia era benficiosa para todos los que se ponían en contacto con él. {HR 295.2}

Creía en el Dios único, Creador del cielo y de la tierra. Lo reverenciaba, reconocía su autoridad, y procuraba su consejo en todas las transacciones de su vida. Era fiel a sus deberes hogareños como asimismo a sus responsabilidades oficiales, y había levantado un altar para Dios en su casa. No se atrevía a llevar a cabo sus planes y asumir el peso de sus responsabilidades sin la ayuda de Dios: por eso oraba mucho y con fervor para recibir esa ayuda. La fe caracterizaba todas sus obras, y Dios lo consideraba por la pureza de sus actos, por su generosidad, y se acercó a él en palabra y en espíritu. {HR 296.1}

 

Un ángel visita a Cornelio

 

Mientras Cornelio se encontraba orando, Dios envió un mensajero celestial que lo llamó por su nombre. El centurión se asustó, pero se dio cuenta de que se trataba de un ángel enviado por Dios para instruirlo, y dijo: “¿Qué es, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios. Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro. Este posa en casa de cierto Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar; él te dirá lo que es necesario que hagas”. {HR 296.2}

Nuevamente el Señor puso de manifiesto su consideración por el ministerio evangélico y por su iglesia organizada. No era el ángel quien debía relatar la historia de la cruz a Cornelio. Un hombre, sujeto a las mismas debilidades y tentaciones, debía instruirlo con respecto al Salvador crucificado, resucitado y ascendido al cielo. El mensajero celestial fue enviado con el expreso propósito de poner a Cornelio en contacto con el ministro de Dios, quien había de enseñarle, juntamente con su casa, cómo se podía salvar. {HR 296.3}

Cornelio obedeció alegremente esta comunicación, y envió mensajeros en seguida para que buscaran a Pedro, de acuerdo con las indicaciones del ángel. Lo detallado de estas instrucciones, en las cuales incluso se mencionó la ocupación del hombre en cuya casa moraba Pedro, pone en evidencia que el Cielo conoce la historia y las actividades de los hombres en todos los aspectos de la vida. Dios está enterado del trabajo diario del humilde labrador, como asimismo de lo que hace el rey en el trono. Y le son conocidos la avaricia, la crueldad, los crímenes secretos y el egoísmo de los hombres, como asimismo sus buenas obras, su caridad, su generosidad y su bondad. Nada está oculto a la vista de Dios. {HR 297.1}

 

La visión de Pedro

 

Inmediatamente después de su entrevista con Cornelio el ángel se fue junto a Pedro, quien, cansado y hambriento por causa del viaje, se hallaba orando en la terraza de la casa. Mientras oraba se le dio una visión, “y vio el cielo abierto, y que descendía algo semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. {HR 297.2}

“Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come. Entonces Pedro dijo: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás. Volvió la voz a él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Esto se hizo tres veces; y aquel lienzo volvió a ser cogido en el cielo”. {HR 297.3}

En este caso percibimos nosotros el funcionamiento del plan de Dios para poner en marcha su organización, por medio de la cual su voluntad se hace en la tierra así como se hace en el cielo. Pedro todavía no había predicado el Evangelio a los gentiles. Muchos de ellos habían sido oyentes atentos de las verdades que enseñaba, pero la pared divisoria, que la muerte de Cristo había derribado, todavía existía en la mente de los apóstoles, y excluía a los gentiles de los privilegios del Evangelio. Los judíos de origen griego habían recibido los beneficios de las labores de los apóstoles, y muchos de ellos habían respondido a esos esfuerzos abrazando la fe de Jesús; pero la conversión de Cornelio iba a ser la primera de importancia entre los gentiles. {HR 298.1}

Mediante la visión del lienzo y su contenido, que descendió del cielo, se iba a librar a Pedro de sus arraigados prejuicios contra los gentiles; debía comprender que por medio de Cristo las naciones paganas llegaban a ser participantes de las bendiciones y los privilegios de los judíos, y que junto con ellos debían ser igualmente beneficiadas. Algunos han sostenido que esta visión significa que Dios eliminó la prohibición de usar la carne de animales que anteriormente habían sido considerados inmundos, y que por lo tanto la carne de cerdo es apta para el consumo. Esta es un interpretación estrecha y completamente errónea, y contradice flagrantemente el relato bíblico de la visión y sus consecuencias. {HR 298.2}

La visión de todos esos animales vivos, que se hallaban en el lienzo, y acerca de los cuales se dio la orden a Pedro de que matara y comiese, para asegurarle que lo que Dios limpió no debiera ser llamado común o impuro, era simplemente una ilustración que se empleó para presentar a su mente la verdadera situación de los gentiles, que por la muerte de Cristo llegaban a ser coherederos con el Israel de Dios. Para Pedro era a la vez una reprensión y una instrucción. Hasta ese momento sus labores se habían confinado totalmente a los judíos; y había considerado a los gentiles como una raza impura, excluida de las promesas del Señor. Entonces se lo indujo a comprender la amplitud del plan de Dios. {HR 298.3}

Incluso mientras consideraba la visión se le dio una explicación acerca de ella. “Y mientras Pedro estaba perplejo dentro de sí sobre lo que significaría la visión que había visto, he aquí los hombres que habían sido enviados por Cornelio, los cuales, preguntando por la casa de Simón, llegaron a la puerta y llamando, preguntaron si moraba allí un Simón que tenía por sobrenombre Pedro. Y mientras Pedro pensaba en la visión, le dijo el Espíritu: He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende, y no dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado”. {HR 299.1}

Era una orden que para Pedro era difícil de cumplir; pero no se atrevió a obrar de acuerdo con sus propios sentimientos, y por lo tanto descendió desde donde estaba para recibir a los mensajeros enviados por Cornelio. Estos comunicaron su extraño pedido al apóstol y éste, de acuerdo con las instrucciones que acababa de recibir de Dios, accedió a acompañarlos al día siguiente. Los atendió cortésmente esa noche, y a la mañana siguiente salió con ellos rumbo a Cesarea, acompañado de seis hermanos que habían de ser testigos de todo lo que se dijera e hiciese mientras se hallaba visitando a los gentiles; porque sabía que se lo llamaría a rendir cuentas por actuar en una forma tan contraria a la fe y a las enseñanzas de los judíos. {HR 299.2}

Transcurrieron casi dos días antes que el viaje terminara, y Cornelio tuvo el grato privilegio de abrir las puertas a un ministro del Evangelio quien, de acuerdo con la seguridad que Dios le dio, le enseñaría, juntamente a él y su casa, cómo podría salvarse. Mientras los mensajeros hallaban el camino, el centurión había reunido a tantos de sus parientes como pudo para que ellos, juntamente con él, pudieran ser instruidos en la verdad. Cuando Pedro llegó un gran grupo se hallaba reunido allí, esperando con ansias escuchar sus palabras. {HR 300.1}

 

La visita a Cornelio

 

Cuando Pedro entró en la casa del gentil, Cornelio no lo saludó como si fuera un visitante común, sino como alguien honrado por el cielo y enviado por Dios. Es una costumbre oriental inclinarse delante de los príncipes u otros dignatarios que ocupan una elevada posición, y también que los hijos se inclinen delante de sus padres que han sido honrados con cargos de confianza. Pero Cornelio, abrumado de reverencia por el apóstol que había sido enviado por Dios, cayó a sus pies y lo adoró. {HR 300.2}

Pedro se apartó horrorizado al ver que el centurión hacía esto, y levantándolo le dijo: “Levántate, pues yo mismo también soy hombre”. Entonces comenzó a conversar con él familiarmente, para eliminar del centurión ese sentimiento de pavor y extrema reverencia que manifestaba hacia él. {HR 300.3}

Si Pedro hubiera estado investido de la autoridad y la posición que le atribuye la Iglesia Católica, habría animado la veneración de Cornelio en lugar de refrenarla. Los así llamados sucesores de Pedro exigen que los reyes y emperadores se arrodillen a sus pies, mientras Pedro mismo insistió en que sólo era un hombre falible y sujeto a error. {HR 300.4}

Pedro habló con Cornelio y con los que se hallaban reunidos en su casa con respecto a las costumbres de los judíos; que se consideraba ilegal que se relacionaran socialmente con los gentiles, y que ello implicaba contaminación ceremonial. No estaba prohibido por la ley de Dios, pero la tradición de los hombres había hecho de esto una costumbre imperativa. Dijo entonces: “Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo; por lo cual, al ser llamado, vine sin replicar. Así que pregunto: ¿Por qué causa me habéis hecho venir?” {HR 301.1}

Acto seguido Cornelio relató su experiencia y las palabras del ángel que se le había aparecido en visión. En conclusión dijo: “Así que luego envié por ti; y tú has hecho bien en venir. Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado. Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia”. Aunque Dios había favorecido a los judíos por encima de todas las naciones, si rechazaban la luz y no vivían de acuerdo con su profesión de fe, no serían más estimados por él que otras naciones. Los gentiles que, como Cornelio, temían a Dios y practicaban justicia, y vivían de acuerdo con la luz que tenían, era bondadosamente considerados por Dios, quien aceptaba sus sinceros servicios. {HR 301.2}

Pero la fe y la justicia de Cornelio no podían ser perfectas sin un conocimiento de Cristo; por eso Dios le envió luz y conocimiento para que desarrollara más aún su carácter recto. Muchos rehúsan recibir la luz que Dios les envía en su providencia, y se excusan para hacerlo citando las palabras de Pedro a Cornelio y a sus amigos: “Sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia”. Sostienen que no importa lo que el hombre crea mientras sus obras sean buenas. Los tales están equivocados; la fe debe concordar con las obras. Deben avanzar de acuerdo con la luz que han recibido. Si Dios los pone en relación con sus siervos que recibieron nuevas verdades, fundadas en la Palabra del Señor, debieran aceptarlas gozosamente. La verdad siempre se dirige hacia adelante y hacia arriba. Por otra parte, los que pretenden que sólo su fe los salva, están confiando en una cuerda de arena, porque la fe se fortalece y se perfecciona únicamente mediante las obras. {HR 301.3}

 

Los gentiles reciben el Espíritu Santo

 

Pedro predicó a Jesús frente a ese grupo de atentos oyentes: su vida, su ministerio, sus milagros, su traición, su crucifixión, su resurrección y su ascensión, y su obra en el cielo como Representante y Abogado del hombre, para suplicar en favor del pecador. Mientras el apóstol hablaba, su corazón se llenaba de gozo por la verdad que el Espíritu de Dios le estaba ayudando a presentar a esa gente. Sus oyentes estaban encantados con la doctrina que escuchaban, porque sus corazones habían sido preparados para recibir la verdad. El apóstol fue interrumpido por el descenso del Espíritu Santo que se manifestó como en el día de Pentecostés. “Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días”. {HR 302.1}

El descenso del Espíritu Santo sobre los gentiles no equivalía al bautismo. Los pasos requeridos en el proceso de la conversión, en todos los casos, son fe, arrepentimiento y bautismo. Por eso la verdadera iglesia cristiana está unida; tiene un Señor, una fe y un bautismo. Los diversos temperamentos se modifican por virtud de la gracia santificante, y los mismos principios distintivos regulan la vida de todos. Pedro accedió a los ruegos de los creyentes gentiles, y permaneció con ellos por un tiempo, para predicar a Jesús a todos los paganos de la comarca. {HR 303.1}

Cuando los hermanos de Judea se enteraron de que Pedro había predicado a los gentiles, se había encontrado con ellos y había comido con ellos en sus casa, se sintieron sorprendidos y ofendidos por esas extrañas actitudes de su parte. Temían que tal conducta, que les parecía presuntuosa, tendiera a contradecir sus propias enseñanzas. Tan pronto como Pedro se encontró con ellos lo recibieron con una severa censura diciéndole: “¿Por qué has entrado en casas de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?” {HR 303.2}

 

Se amplía la visión de la iglesia

 

Entonces Pedro expuso con candidez todo el asunto en presencia de ellos. Relató su experiencia con respecto a la visión, y les aseguró que ésta lo amonestaba a no mantener más la distinción ceremonial entre circuncisos e incircuncisos, ni a considerar a los gentiles como inmundos, porque Dios no hace acepción de personas. Les informó del mandato de Dios de ir a ver a los gentiles, de la llegada de los mensajeros, de su viaje a Cesarea y de la reunión que celebró en casa de Cornelio con todos los que se hallaban reunidos allí. Su cautela se puso de manifiesto ante los hermanos por el hecho de que, aunque había recibido una orden de Dios de ir a casa de los gentiles, había llevado con él a seis discípulos que se encontraban allí presentes, para que fueran testigos de todo lo que se dijese o hiciese mientras estuviesen allí. Resumió su entrevista con Cornelio en cuyo transcurso aquél le contó su visión, de cómo Dios le había ordenado que enviara mensajeros a Jope para que trajesen a Pedro, quien habría de pronunciar palabras para que él y toda su casa pudiesen ser salvos. {HR 303.3}

Recapituló los acontecimientos de esa primera reunión con los gentiles diciendo: “Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” {HR 304.1}

Los discípulos, al escuchar ese informe, quedaron en silencio, convencidos de que la conducta de Pedro estaba plenamente de acuerdo con el plan de Dios, y que sus antiguos prejuicios y su exclusividad debían ser totalmente desarraigados por el Evangelio de Cristo. “Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” {HR 304.2}

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