La elección de Dios

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1 Samuel 16:1-13.

Dijo Jehová a Samuel… Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey. 1 Samuel 16:1.

Cuando el sacrificio hubo terminado, y antes de participar del festín subsiguiente, Samuel inició su inspección profética de los bien parecidos hijos de Isaí.

Eliab era el mayor, y el que más se parecía a Saúl en estatura y hermosura. Sus bellas facciones y su cuerpo bien desarrollado llamaron la atención del profeta.

Cuando Samuel miró su porte principesco, pensó ciertamente que era el hombre a quien Dios había escogido como sucesor de Saúl… Pero Jehová no miraba la apariencia exterior. Eliab no temía al Señor. Si se le hubiera llamado al trono, habría sido un soberano orgulloso y exigente…

Ninguna belleza exterior puede recomendar el alma a Dios. La sabiduría y la excelencia del carácter y de la conducta expresan la verdadera belleza del hombre; el valor intrínseco y la excelencia del corazón determinan que seamos aceptados por el Señor de los ejércitos. ¡Cuán profundamente debiéramos sentir esta verdad al juzgarnos a nosotros mismos y a los demás! Del error de Samuel podemos aprender cuán vana es la estima que se basa en la hermosura del rostro o la nobleza de la estatura.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 692.

Los hermanos mayores entre quienes Samuel hubiera hecho la elección, no poseían las cualidades que Dios consideraba esenciales en un rey de su pueblo. Orgullosos, egoístas, engreídos, fueron desechados para dar lugar al que consideraban despectivamente, aquel que había conservado la sencillez y sinceridad de su juventud, y quien, aunque pequeño a su propia vista, podía ser educado por Dios para llevar las responsabilidades del reino. Del mismo modo hoy, en más de un niño al cual los padres pasarían por alto, Dios ve aptitudes superiores a las que revelan otros a quienes se cree promisorios.

Y en lo que se refiere a las posibilidades de la vida, ¿quién es capaz de decidir cuál es grande y cuál pequeña? ¡Cuántos obreros que ocupan lugares humildes en la vida, al crear factores de bendición para el mundo, han logrado [161] resultados que los reyes envidiarían! La Educación, 259.

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