La torre de Babel | La Historia de la Redención

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La torre de Babel | La Historia de la Redención


 Capítulo 9—La torre de Babel

Este capítulo se basa en Génesis 11:1-9.

Algunos de los descendientes de Noé pronto comenzaron a apostatar. Una parte siguió el ejemplo de Noé y obedeció los mandamientos divinos; otros fueron rebeldes e incrédulos, y ni siquiera creían lo mismo con respecto al diluvio. Algunos no creían en la existencia de Dios, y en sus mentes atribuyeron esa catástrofe a causas naturales. Otros creían que Dios existía y que había destruido a la raza antediluviana por medio de un diluvio; y sus sentimientos, a semejanza de los de Caín, se rebelaron contra Dios porque había destruido a los hombres que habitaban la tierra y la había maldecido por tercera vez mediante ese cataclismo. {HR 74.1}

Los enemigos de Dios se sentían diariamente reprobados por la conducta justa y la vida piadosa de los que lo amaban, obedecían y exaltaban. Los incrédulos se consultaron y decidieron separarse de los fieles, cuyas vidas justas constituían una constante restricción para su conducta impía. Viajaron hasta alejarse bastante de ellos, y escogieron una gran planicie para habitar en ella. Construyeron una ciudad, y concibieron la idea de edificar una enorme torre que llegara hasta las nubes, para poder vivir juntos en la ciudad y en la torre, y no ser dispersados jamás. {HR 74.2}

Pensaban que estarían seguros en caso de otro diluvio, pues la torre que iban a construir se elevaría a una altura superior a la que habían alcanzado las aguas en ocasión del diluvio, que todo el mundo los honraría, que serían como dioses y gobernarían a la gente. Esa torre fue planeada para exaltar a sus constructores, y diseñada para desviar de Dios la atención de los que vivieran sobre la faz de la tierra, a fin de que se unieran a ellos en su idolatría. Antes que terminara la construcción, la gente ya vivía en la torre. Algunas habitaciones habían sido espléndidamente amobladas y decoradas para ser dedicadas a sus ídolos. Los que no creían en Dios se imaginaban que si su torre llegaba hasta las nubes, podrían descubrir las causas del diluvio. {HR 75.1}

Se exaltaron a sí mismos frente a Dios. Pero él no permitiría que completaran su obra. La torre alcanzaba ya una gran altura cuando el Señor envió dos ángeles para que los confundieran en su trabajo. Se había encargado a ciertos hombres que recibieran indicaciones de los que trabajaban en lo alto, y que pedían materiales para su trabajo, de manera que el primero se comunicaba con el segundo, y éste con el tercero, hasta que el pedido llegaba a los que estaban abajo. A medida que el mensaje pasaba de uno a otro en su descenso, los ángeles confundieron sus lenguas, y cuando el pedido llegó a los obreros que estaban abajo se proveyó material que no se había pedido. Y cuando después de un laborioso proceso éste llegaba a los obreros que estaban en la cumbre, no era lo que querían. Chasqueados y enojados reprochaban entonces a los que suponían culpables. {HR 75.2}

Después de esto no hubo armonía en su trabajo. Enojados los unos con los otros, sin saber a qué atribuir los malentendidos y las extrañas palabras que oían, abandonaron la obra, se separaron los unos de los otros, y se esparcieron por toda la tierra. Hasta ese momento los hombres habían hablado un solo idioma. Un rayo del cielo, como una señal de la ira divina, destruyó la parte superior de la torre y la arrojó por tierra. De esa manera Dios quiso mostrar al hombre rebelde que él es el Ser supremo. {HR 75.3}

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