LAS 70 SEMANAS

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24 Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.
25 Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.
26 Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones.
27 Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador.(Daniel 9:24-27)

Setenta semanas. Esta expresión parecería ser una introducción un tanto inesperada, pero el ángel había venido con el propósito específico de hacerle entender a Daniel la visión. Inmediatamente comenzó a explicarle.

La palabra que aquí se traduce “semana”, shabua’, describe un período de siete días consecutivos (Gén. 29: 27; Deut. 16: 9; Dan. 10: 2). En el seudoepigráfico Libro de los Jubileos, al igual que en la Mishna, se usa shabua’ para indicar un período de siete años. Evidentemente aquí se trata de semanas de años y no semanas de días, pues en el cap. 10: 2-3 cuando Daniel quiere especificar que las semanas a las que allí se refiere son semanas de siete días, el hebreo dice explícitamente “semanas de días”. Las 70 semanas de años serían 490 años literales, sin necesidad de que a éstos se les vuelva a aplicar el principio profético de día por año (ver com. Dan. 7: 25).

Están determinadas.

Heb. jathak, palabra que en la Biblia sólo aparece aquí. Se usa en hebreo postbíblico y su significado es “cortar”, “separar”, “determinar”, “decretar”. La LXX usa krínó, “decidir”, “juzgar”, etc. La versión de Teodoción usa suntémnó, “acortar”, “abreviar”, etc., significado que se refleja en la Vulgata bajo la palabra abbreviare. Debe determinarse el matiz exacto de significado por el contexto. En vista de que el cap. 9 es una exposición de la parte que no se explicó de la visión del cap. 8 (ver com. cap. 9: 3, 21-23), y puesto que la parte no explicada tenía que ver con los 2.300 días, es lógico concluir que las 70 semanas, o 490 años, habrían de ser “cortadas” de ese período más largo. Además, faltando pruebas contrarias, puede deducirse que las 70 semanas serían cortadas a partir del comienzo de ese período. Vista a la luz de estas observaciones, la traducción de jathak como “cortar” parece muy apropiada. Puesto que los 490 años estaban especialmente asignados a los Judíos respecto a su 878 papel como pueblo escogido de Dios, las traducciones “determinar” y “decretar” también son apropiadas en este contexto.

Tu pueblo.

Los 490 años se aplicaban especialmente a la nación judía.

Para terminar. Heb. lekalle’ de la raíz kala’, “reprimir”. El pasaje puede referirse al poder restrictivo que Dios ejercería sobre las fuerzas del mal durante el período concedido a los Judíos. Sin embargo, unos 40 manuscritos hebreos rezan lekalleh, forma que claramente proviene de kalah, “completar”. Si kalah es la raíz, el pasaje se refiere evidentemente al hecho de que dentro de este período los Judíos llenarían la copa de su iniquidad. Dios había soportado largo tiempo a los israelitas. Les había dado muchas oportunidades, pero ellos continuamente lo chasqueaban (ver pp. 34-35).

Poner fin al pecado.

Esta frase puede tener un significado paralelo con la que precede, “terminar la prevaricación”. Algunos expositores notan que la palabra que aquí se traduce “pecado” (Heb. jatta’oth o jatta’th, según algunos manuscritos y los masoretas) puede significar “pecados” u “ofrenda por el pecado”. De las 290 veces que se usa la palabra jatta’th en el AT, 155 veces significa “pecado” y 135 veces “ofrenda por el pecado”. Si el significado que se deseaba dar era “ofrenda por el pecado”, podría darse la siguiente interpretación: Cuando Cristo, en el Calvario, llegó a ser la realidad simbolizada (antitipo) por los sacrificios efectuados en el santuario, ya no fue más necesario que el pecador trajese su ofrenda por el pecado (ver Juan 1: 29). Sin embargo, la forma plural jatta’oth casi invariablemente describe pecados, y sólo una vez, a menos que ésta también sea una excepción, significa ofrenda por los pecados (Neh. 10: 33).

Expiar la iniquidad.

Heb. kafar vocablo que generalmente se traduce “hacer expiación”, cuyo sentido básico es “cubrir” (ver Exo. 30: 10; Lev. 4: 20; etc.). Mediante su sacrificio vicario, Cristo logró la reconciliación para todos los que aceptan su sacrificio.

Justicia perdurable. Cristo no vino a la tierra sólo para hacer que los pecados fuesen borrados. Vino para reconciliar al hombre con Dios. Vino para que fuera posible imputar e impartir su justicia al pecador arrepentido. Cuando los hombres lo aceptan, él les confiere el manto de su justicia, y ellos aparecen en la presencia de Dios como si nunca hubieran pecado (CC 62). Dios ama a las almas arrepentidas y creyentes así como ama a su Unigénito, y debido a Cristo las acepta en su familia. Mediante su vida, muerte y resurrección, Cristo ha hecho que la justicia eterna esté a disposición de todo hijo de Adán que, con fe sencilla, esté dispuesto a aceptarla.

Sellar.

Evidentemente no se usa aquí con el sentido de “cerrar”, sino de “confirmar” o “ratificar”. El cumplimiento de las predicciones relacionadas con el primer advenimiento del Mesías en el tiempo especificado por las profecías nos asegura que los otros elementos de la profecía, en particular los 2.300 días proféticos, se cumplirán con la misma precisión.

Santo de los santos.

Heb. qódesh qodashim, “algo santísimo” o “alguien santísimo”. La frase hebrea se aplica al altar (Exo. 29: 37; 40: 10), a otros utensilios y muebles pertenecientes al tabernáculo (Exo. 30: 29), al perfume santo (Exo. 30: 35-36), ofrendas especificadas de alimento (Lev. 2: 3, 10; 6: 17; 10: 12), ofrendas por el pecado (Lev. 7: 1, 6), el pan de la proposición (Lev. 24: 5-9), cosas consagradas (Lev. 27: 28), al recinto santo (Núm. 18: 10; Eze. 43: 12), y al lugar santísimo del santuario (Exo. 26: 33-34). En ninguna parte se aplica esta frase a personas, a menos que, como sugieren algunos, se la aplique así en este caso y en 1 Crón. 23: 13. Este último texto puede traducirse, “Aarón fue separado para ungirlo como persona santísima”, aunque puede también traducirse como en la RVR. Algunos expositores Judíos y muchos comentadores cristianos han sostenido que se hace referencia al Mesías. En vista de que no se puede demostrar que esta frase se refiere en otros casos definidamente a una persona y en vista de que se está hablando del santuario celestial en los aspectos más amplios de la visión (ver com. Dan. 8: 14), es razonable inferir que Daniel habla aquí del ungimiento del santuario celestial antes del tiempo del comienzo de la obra de Cristo como sumo sacerdote.

La salida de la orden.

Cuando fue dada esta visión, Jerusalén y el templo todavía estaban en ruinas.

El cielo anuncia que se daría una orden para reconstruirlos y restaurarlos, y que desde esa fecha pasaría un número determinado de años hasta el Mesías anhelado por tanto tiempo. En el libro de Esdras se registran tresdecretos referentes a la repatriación de los judíos:

El primero en el primer año de Ciro, alrededor del 537 a. C. (Esd. 1: 1-4); el segundo durante el reinado de Darío I, poco después del 520 (Esd. 6: 1-12); el tercero en el 7° año de Artajerjes, 458/457 a. C. (Esd. 7: 1-26). Hay informaciones adicionales en el t. III, pp. 100-108. En sus decretos, ni Ciro ni Darío dispusieron medidas efectivas para la restauración del Estado civil Judío como una unidad completa, aunque en la profecía de Daniel se prometía una restauración del gobierno religioso y del gobierno civil. El decreto del séptimo año de Artajerjes fue el primero que dio al Estado judío completa autonomía, bajo el domino persa. Uno de los papiros de doble fecha descubierto en la colonia Judía de Elefantina, Egipto (ver t. III, pp. 106-111), fue escrito en el año de ascensión al trono de Artajerjes en enero del 464 a. C. Este es el único documento judío de ese año que se conozca. Comparándolo con otros registros antiguos, se puede deducir que, mediante el cómputo judío, el “comienzo de su reinado” o “año ascensiones” (ver t. II, pp. 141-143) comenzó después del Año Nuevo Judío de 465 a. C. y terminó en el siguiente Año Nuevo judío, en septiembre-octubre del 464 a. C. Entonces, su “primer año” (su primer año calendario completo) habría ido desde septiembre-octubre del 464 a. C. hasta septiembre-octubre del 463 a. C. El 7° año de Artajerjes se extendería entonces, desde el otoño (septiembre-octubre) del 458 a. C. hasta el otoño del 457 a. C. Las disposiciones del decreto no fueron llevadas a cabo hasta después de que Esdras volvió de Babilonia, lo que ocurrió entre julio y septiembre del 457 a. C. Ver en el t. III, pp. 103-108, un estudio de Esd. 7 y la precisión histórica de la fecha 457 a. C. como 7° año de Artajerjes. Ver un estudio completo del tema en S. H. Horn y L. H. Wood, The Chronology of Ezra 7 (Ed. rev. 1970). Mesías. Heb. mashíaj, del verbo mashaj, “ungir”. Por lo tanto, mashíaj describe a un “ungido” tal como el sumo sacerdote (Lev. 4:3, 5, 16), los reyes de Israel (1 Sam. 24: 6,10; 2 Sam. 19: 21), Ciro (Isa. 45: 1), etc.

La versión griega de Teodoción traduce la palabra mashíaj literalmente, Jristós, palabra que viene del verbo jríÇ, “ungir”, y por lo tanto significa sencillamente “ungido”. “Cristo” es una trasliteración de jristós. En la historia judía posterior se aplicó el término mashíaj al Libertador esperado que habría de venir (ver Juan 1: 41; 4: 25-26). Daniel predijo que el Mesías Príncipe anhelado por tanto tiempo habría de aparecer en un tiempo especificado. A este tiempo se refirió Jesús cuando declaró: “El tiempo se ha cumplido” (Mar. 1: 15; DTG 200). Jesús fue ungido en ocasión de su bautismo en el otoño [del hemisferio norte] del año 27 d. C. (Luc. 3: 21-22; Hech. 10: 38; cf. Luc. 4: 18). Príncipe. Ver com. cap. 11: 22. Siete semanas, y sesenta y dos semanas. La forma natural de calcular estas semanas es considerarlas como consecutivas, es decir que las 62 semanas comienzan al finalizar las 7 semanas. Estas divisiones componen las 70 semanas, mencionadas en el vers. 24 de esta manera: 7 + 62 + 1 = 70. Respecto a la última semana, ver com. vers. 27. Comenzando en el otoño (septiembre-octubre) del 457 a. C., cuando entró en vigencia el decreto, las 69 semanas proféticas, o 483 años, llegan hasta el bautismo de Jesús en el año 27 d. C. Se ha de notar que si se hubieran computado los 483 años comenzando del principio del 457 a. C., se hubieran extendido hasta el final del año 26 d. C., porque el período de 483 años requiere 457 años a. C. completos más 26 años d. C. completos. Puesto que el período comenzó muchos meses después del comienzo de 457 a. C., habría de terminar el mismo número de meses después del fin del 26 d. C., es decir el 27. Esto se debe a que los historiadores (a diferencia de los astrónomos) nunca cuentan un año cero (ver t. 1, p. 187).

Algunos se han preguntado cómo Cristo pudo haber comenzado su obra en 27 d. C. cuando el registro dice que tenía alrededor de 30 años cuando comenzó su ministerio público (Luc. 3: 23). Esto se debe a que cuando se calculó por primera vez la era cristiana, hubo un error de unos cuatro años. Es evidente que Cristo no nació en el año 1 d. C. puesto que cuando nació todavía vivía Herodes el Grande, y Herodes murió en el año 4 a. C. (Mat. 2: 13-20). Algunos expositores modernos interpretan de una forma completamente diferente estos períodos. El “mesías” es identificado como Ciro, Zorobabel o el sumo sacerdote Josué (ver Esd. 3: 2; Zac. 3: 1, 3; 6: 11-13). Algunos consideran que “la orden para restaurar y edificar a Jerusalén” es la profecía dada por medio de Jeremías de que Jerusalén sería 880 reconstruida (Jer. 29: 10). Esos expositores creen que esta “orden” se puso en vigencia en 586 a. C., el año de la destrucción de Jerusalén, y que las “siete semanas”, o sea 49 años, llegan aproximadamente hasta el decreto de Ciro. Además esos expositores mantienen que las 62 semanas, o 434 años, llegan hasta la era de los Macabeos. El pacto de la septuagésima semana lo entienden como la unión de Antíoco con los judíos apóstatas. Traducen “a la mitad de la semana” (Dan. 9: 27) como “media semana” (ver com. cap. 9: 27) y aplican la “media semana” a la profanación del templo hecha por Antíoco desde 168 hasta 165 a. C. (1 Mac. 1: 54; 4: 52-53). Los traductores de esta escuela de interpretación usan otra puntuación posible en Dan. 9: 25 para favorecer esta idea. Como ya lo hemos demostrado, sólo una distorsión de las cifras cronológicas permite que esos expositores lleguen a los acontecimientos que según ellos cumplen los requisitos proféticos. Cuando esas cifras se aplican. a Cristo, su ministerio y su muerte, y la predicación del Evangelio a los judíos, se logra una perfecta sincronización. Ver com. cap. 8: 25. Se volverá a edificar. Algunos intérpretes dan especial importancia al período de “siete semanas”, o sea 49 años, pues afirman que representa el tiempo durante el cual se completaría la construcción de la plaza y del muro. Sin embargo, la información histórica de este período es muy escasa. Se sabe poco de las condiciones existentes en Jerusalén desde el tiempo de Artajerjes hasta el de Alejandro.

Lo que puede saberse en base a la Biblia y los documentos históricos es fragmentario. Plaza. Heb. rejob, “un lugar amplio”. Muro. Heb. jaruts. Se usa con este sentido sólo aquí en el AT. En el hebreo de la Mishnah significa “una zanja”. En acadio la palabra significa “foso de la ciudad”. “Muro” es la traducción de la versión griega de Teodoción y de la Vulgata. Tiempos angustiosos. Ver una breve historia de este período en el t. III, pp. 75-81. 26. Después de las sesenta y dos semanas. Se mataría al Mesías después de este período y no durante él. Esta expresión no tiene por objeto fijar el tiempo exacto cuando ocurriría el calamitoso acontecimiento de la muerte del Mesías. Eso se hace en el vers. 27, donde ese suceso se ubica “a la mitad de la semana”. Se quitará la vida. Según esta declaración profética, el Mesías no aparecería como lo esperaban los judíos, como glorioso vencedor y emancipador. En cambio, sería muerto en forma violenta. No por sí. “No será de él” (BJ). Literalmente, “y no hay para él”. El significado de esta frase no es claro. La BJ añade en nota de pie de página: “Texto oscuro”. Se han sugerido muchos significados posibles, tales como,” y no tendrá nada”, “no será”, “y no hubo ayudante para él”. Y el pueblo. La traducción que aparece en el margen de algunas Biblias: “y ellos [los judíos] no serán más su pueblo”, carece de fundamento pues no corresponde con el hebreo. La ciudad y el santuario. Se predice aquí que el templo y la ciudad de Jerusalén serían raídos. Esto lo cumplieron los romanos en el 70 d. C. Los soldados romanos tomaron antorchas y deliberadamente las pusieron en la parte de madera del interior del templo, lo que produjo su completa destrucción. En vez de “el pueblo de un príncipe que ha de venir” la LXX reza “rey de naciones”. Con inundación. Es decir, en el sentido de ser abrumador (ver Isa. 8: 7-8). Durarán las devastaciones. Este pasaje podría traducirse literalmente, “hasta el fin [habrá] guerra, una determinación de ruinas”.

Otra semana. Esta semana, la septuagésima, comenzó en 27 d. C. al iniciarse el ministerio público de Cristo en ocasión de su bautismo. Se extendió más allá de la crucifixión en “la mitad de la semana”, ocurrida en la primavera (marzo-abril) del 31 d. C., hasta el rechazo de los judíos como pueblo del pacto, en el otoño del 34 d. C. (490 años después de 457 a. C. nos lleva al 34 d. C.; ver com. vers. 25 en cuanto a la manera de hacer cómputo). La “viña” fue entonces arrendada “a otros labradores” (Mat. 21: 41; cf. Isa. 5: 1-7; CS 375, 462). Durante unos 31/2 años las autoridades de Jerusalén toleraron la predicación de los apóstoles, pero finalmente su rencor se tradujo en el apedreamiento de Esteban, el primer mártir cristiano, y la persecución general que se desató entonces contra la iglesia. Hasta ese tiempo los apóstoles y otros misioneros cristianos parecen haber limitado mayormente sus actividades a las proximidades de Jerusalén (ver Hech. 1: 8; 8: 1). Puesto que las 70 semanas, o 490 años, son parte del período más largo de 2.300 años y puesto que los primeros 490 años de ese período 881 se extienden hasta el otoño del 34 d. C., es posible calcular la fecha de la terminación de los 2.300 años. Sumando a 34 d. C. los 1.810 años restantes de los 2.300 años se llega hasta el otoño de 1844 cuando el santuario debía ser “purificado” (ver com. cap. 8: 14). Adviértase también que el cumplimiento de las predicciones de la profecía de las 70 semanas era para “sellar la visión” (vers. 24), es decir la visión del período más largo de los 2.300 días (ver com. vers. 21). El cumplimiento preciso de los acontecimientos predichos para la septuagésima semana, que están relacionados con el ministerio y la crucifixión de nuestro Señor, nos da una prueba incontestable de la certeza de los acontecimientos al final de los 2.300 días. Confirmará el pacto con muchos. La persona de quien se habla aquí es el Mesías de los versículos anteriores. Si se interpreta así el versículo, la profecía de las 70 semanas o 490 años aparece como una unidad coherente y continua. Las declaraciones hechas hallan un cumplimiento exacto en tiempos del Mesías. La confirmación del pacto con muchos puede considerarse como la continuación de la nación judía como pueblo escogido de Dios durante el período citado. Por otra parte la “confirmación” puede ser la del pacto eterno (ver com. cap. 11: 28). A la mitad. Heb. jatsi, palabra que significa “mitad” (Exo. 24: 6; 25: 10, 17; etc.) o “medio” (Exo. 27: 5; 38: 4; etc.); el contexto determina el sentido específico. Varias de las versiones más recientes dicen “medio”. Esa traducción se basa en la suposición de que el contexto habla de Antíoco Epífanes, quien durante unos tres años, suprimió los servicios del templo de Jerusalén. Pero Antíoco no calza en la cronología profética. No puede ser el tema de esta predicción. Como ya se ha demostrado, los períodos proféticos alcanzan hasta el tiempo del Mesías y el cumplimiento debe encontrarse en su tiempo. La mitad de la semana sería la temporada de la pascua del 31 d. C., 3 1/2 años después del bautismo de Cristo en el otoño del 27 d. C. Ver com. Mat. 4: 12 respecto a la prueba de que ésta fue la duración del ministerio público de Cristo. Ver en Problems in Bible Translation, pp. 184- 187, un estudio de las palabras “medio” y “mitad”. Cesar. Los sacrificios hallaron su cumplimiento en el sacrificio voluntario de Cristo, al que habían simbolizado. La ruptura del velo del templo hecha por una mano invisible en el instante de la muerte de Cristo fue el anuncio del cielo de que los sacrificios y las oblaciones habían perdido su significado. Muchedumbre. Literalmente, “ala”. Aquí se representa poéticamente al desolador como llevado sobre el ala de las abominaciones. Esto se refiere, a lo menos en parte, a los horrores y las atrocidades que los romanos cometieron contra la nación judía en el año 70 d. C. Consumación. Es decir, el final de lo que habría de acontecer a la nación judía. Triste fue la suerte de los que rechazaron su esperanza de salvación. Desolador. En la RVA y la VM dice “asolado”, pero es mejor “desolador”. El desolador mismo sería finalmente destruido (ver com. Mat. 23: 38).

(Comentario Bíblico Adventista )

 

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