Peligros de la juventud | Joyas de los Testimonios 1

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Peligros de la juventud | Joyas de los Testimonios 1


 
El 6 de junio de 1863 me fueron mostrados algunos de los peligros que corre la juventud. Satanás está dominando las mentes de los jóvenes y extraviando sus pies inexpertos. Ellos ignoran sus designios, y en estos tiempos peligrosos los padres deben despertar y trabajar con perseverancia y laboriosidad para rechazar el primer ataque del enemigo. Deben instruir a sus hijos, cuando salen, cuando entran, cuando se levantan y cuando se sientan, dándoles renglón tras renglón, precepto tras precepto, un poco aquí y un poco allá. {1JT 140.1}

El trabajo de la madre empieza con el niño mamante. Ella debe conquistar la voluntad y el genio de su hijo, ponerlo en sujeción y enseñarle a obedecer. Y a medida que el niño crezca, no relaje la disciplina. Cada madre debe tomarse tiempo para razonar con sus hijos, para corregir sus errores y enseñarles pacientemente el buen camino. Los padres cristianos deben saber que están instruyendo y preparando a sus hijos para ser hijos de Dios. Toda la experiencia religiosa de los niños queda afectada por las instrucciones dadas, y el carácter se forma en la niñez. Si la voluntad no se subyuga entonces, ni se la hace someter a la voluntad de los padres, será tarea muy difícil enseñarles la lección en los años ulteriores. ¡Qué lucha intensa, qué conflicto costará someter a los requisitos de Dios esa voluntad que nunca fué subyugada! Los padres que descuidan esa obra importante, cometen un grave error y pecan contra sus pobres hijos y contra Dios. {1JT 140.2}

Sucederá a veces que los niños que se hallan bajo una disciplina estricta se sentirán descontentos. Se volverán impacientes bajo las restricciones, y querrán hacer su voluntad, e ir y venir como les plazca. Especialmente entre los diez y dieciocho años, creerán a menudo que no habría ningún perjuicio en participar en salidas campestres y otras reuniones de compañías jóvenes; pero sus padres experimentados pueden ver el peligro. Ellos conocen los temperamentos peculiares de sus hijos, conocen la influencia que sobre su mente ejercen esas cosas, y porque desean salvarlos, les evitan estas diversiones excitantes. {1JT 140.3}

Cuando estos niños deciden por su cuenta abandonar los placeres del mundo, y hacerse discípulos de Cristo, ¡qué carga desaparece de los corazones de los padres cuidadosos y fieles! Y sin embargo, aun entonces no debe cesar la labor de los padres. No se debe dejar a los niños que elijan su propio proceder, ni tampoco que hagan siempre sus propias decisiones. Han empezado tan sólo a luchar en serio contra el pecado, el orgullo, las pasiones, la envidia, los celos, el odio y todos los males del corazón natural. Los padres deben velar y aconsejar a sus hijos, decidir por ellos y mostrarles que si no prestan una obediencia alegre y voluntaria a sus padres, no pueden obedecer voluntariamente a Dios y les es imposible ser cristianos. {1JT 141.1}

Los padres deben animar a sus hijos a confiar en ellos, a presentarles las penas de su corazón, sus pequeñas molestias y pruebas diarias. Así podrán los padres aprender a simpatizar con sus hijos y podrán orar con ellos y por ellos, para que Dios los escude y los guíe. Deben revelarles a su Amigo y Consejero infaltable, que se compadecerá de sus flaquezas, porque fué tentado en todo como nosotros, aunque sin pecar. {1JT 141.2}

Satanás tienta a los niños a ser reservados con sus padres, y a elegir sus confidentes entre sus compañeros jóvenes e inexpertos, entre aquellos que no les pueden ayudar, sino que les darán malos consejos. Los niños y las niñas se reúnen y conversan, ríen y bromean, y ahuyentan a Cristo de sus corazones y a los ángeles de su presencia por sus insensateces. La conversación ociosa, relativa a los actos ajenos, las habladurías acerca de ese joven o de aquella niña, agostan los pensamientos y sentimientos nobles, arrancan del corazón los deseos buenos y santos; dejándolo frío y despojándolo del verdadero amor hacia Dios y su verdad. {1JT 141.3}

Los niños quedarían a salvo de muchos males si fuesen más familiares con sus padres. Estos deben estimular en sus hijos una disposición a manifestarse confiados y francos con ellos, a acudir a ellos con sus dificultades, presentarles el asunto tal cual lo ven y pedirles consejo cuando se hallan perplejos acerca de qué conducta es la buena. ¿Quiénes pueden ver y señalarles los peligros mejor que sus padres piadosos? ¿Quién puede comprender tan bien como ellos el temperamento peculiar de sus hijos? La madre que ha vigilado todo el desarrollo de la mente desde la infancia, y conoce su disposición natural, es la que está mejor preparada para aconsejar a sus hijos. ¿Quién puede decir como la madre, ayudada por el padre, cuáles son los rasgos de carácter que deben ser refrenados y mantenidos en jaque? {1JT 142.1}

 

Los niños consentidos

 

Los hijos cristianos preferirán el amor y la aprobación de sus padres temerosos de Dios a toda bendición terrenal. Amarán y honrarán a sus padres. Hacer a sus padres felices debe ser una de las principales preocupaciones de su vida. En esta era de rebelión, los hijos no han recibido la debida instrucción y disciplina y tienen poca conciencia de sus obligaciones hacia sus padres. Sucede a menudo que cuanto más hacen sus padres por ellos, tanto más ingratos son, y menos los respetan. Los niños que han sido mimados y rodeados de cuidados, esperan siempre un trato tal; y si su expectativa no se cumple, se chasquean y desalientan. Esa misma disposición se verá en toda su vida. Serán incapaces, dependerán de la ayuda ajena, y esperarán que los demás los favorezcan y cedan a sus deseos. Y si encuentran oposición, aun en la edad adulta, se creen maltratados; y así recorren su senda por el mundo, acongojados, apenas capaces de llevar su propio peso, murmurando e irritándose a menudo porque todo no les sale a pedir de boca. {1JT 142.2}

Los padres que siguen una conducta errónea enseñan a sus hijos lecciones que les resultarán dañosas, y también siembran espinas para sus propios pies. Piensan que satisfaciendo los deseos de sus hijos y dejándoles seguir sus inclinaciones, obtendrán su amor. ¡Qué error! Los niños así consentidos se crían sin ver restringidos sus deseos, sin saber dominar sus disposiciones y se vuelven egoístas, exigentes e intolerantes; serán una maldición para sí mismos y para cuantos los rodeen. En gran medida los padres tienen en sus propias manos la felicidad futura de sus hijos. A ellos les incumbe la obra importante de formar el carácter de estos hijos. Las instrucciones que les dieron en la niñez los seguirán durante toda la vida. Los padres siembran la semilla que brotará y dará fruto para bien o mal. Pueden hacer a sus hijos idóneos para la felicidad o para la desgracia. {1JT 142.3}

Desde muy temprano se debe enseñar a los niños a ser útiles, a ayudarse a sí mismos y a ayudar a otros. En nuestra época, muchas hijas pueden, sin remordimiento de conciencia, ver a sus madres trabajar, cocinar, lavar o planchar, mientras ellas permanecen en la sala leyendo cuentos, o haciendo crochet o bordados. Sus corazones son tan insensibles como una piedra. Pero, ¿dónde está el origen de este mal? ¿Quiénes son generalmente los más culpables? Los pobres y engañados padres. Ellos pasan por alto el bien futuro de sus hijas, y en su ternura equivocada las dejan en la ociosidad, o les permiten hacer cosas que tienen poca utilidad o no requieren ejercicio de la mente o de los músculos, y luego disculpan a sus hijas indolentes porque son débiles. Pero, ¿qué es lo que las ha debilitado? En muchos casos ha sido la conducta errónea de los padres. Una cantidad apropiada de ejercicio en la casa mejoraría tanto su mente como su cuerpo. Pero, debido a ideas falsas, las niñas son privadas de dicho ejercicio, hasta que llegan a profesar aversión al trabajo; éste les desagrada, y no concuerda con sus ideas de la finura. Creen que es indigno de una dama, y hasta grosero, lavar los platos, planchar o inclinarse sobre la pileta de lavar ropa. Tal es la instrucción que está de moda dar a las hijas en esta era desdichada. {1JT 143.1}

Los hijos de Dios deben ser gobernados por principios superiores a los de los mundanos, que tratan de medir todo su proceder por la moda. Los padres que temen a Dios deben educar a sus hijos para una vida de utilidad. No deben permitir que sus principios de gobierno estén mancillados por las nociones extravagantes que prevalecen en esta época. Tampoco deben conformarse a las modas ni ser gobernados por las opiniones de los mundanos. No deben permitir a sus hijos que elijan sus compañeros. Enseñadles que es vuestro deber elegirlos por ellos. Preparadlos para llevar cargas mientras son jóvenes. {1JT 144.1}

Si vuestros hijos no se han acostumbrado al trabajo, pronto se cansarán. Se quejarán de dolores en los costados y en los hombros, y de que tienen los miembros cansados; y vuestra simpatía os hará correr el riesgo de hacer el trabajo vosotros mismos más bien que verlos sufrir un poco. Sea muy ligera al principio la carga impuesta a los niños, y luego vaya aumentando un poco cada día, hasta que puedan hacer la debida cantidad de trabajo sin cansarse. La inactividad es la causa principal de los dolores en los costados y los hombros de los niños. {1JT 144.2}

Hay en esta época una clase de señoritas que son seres sencillamente inútiles, pues sirven solamente para respirar, comer, lucir vestidos y hablar sandeces, mientras sostienen entre los dedos algún tejido o bordado. Pero pocas jóvenes manifiestan juicio sano y buen sentido común. Llevan una vida de mariposas, sin propósito especial. Cuando esta clase de compañías mundanas se reúnen, todo lo que se puede oír son unas pocas observaciones tontas acerca de los vestidos, o algún asunto frívolo; y luego se ríen de sus propias observaciones que consideran muy inteligentes. Esto lo hacen frecuentemente en presencia de personas mayores, que no pueden sino entristecerse ante tal falta de respeto por sus años. Estas jóvenes parecen haber perdido todo sentido de modestia y de buenos modales. Sin embargo, la manera en que han sido instruídas las induce a pensar que su conducta es un dechado de gentileza. {1JT 144.3}

Este espíritu es como una enfermedad contagiosa. El pueblo de Dios debe elegir la compañía que han de frecuentar sus hijos, y enseñarles a evitar la de los mundanos. Las madres deben llevar a sus hijas consigo a la cocina y educarlas pacientemente. Su constitución se beneficiará con este trabajo; sus músculos adquirirán tono y fortaleza, y sus meditaciones serán más sanas y elevadas al fin del día. Tal vez se cansen; pero ¡cuán dulce es el reposo después de trabajar como es debido! El sueño, dulce restaurador natural, vigoriza el cuerpo cansado y lo prepara para los deberes del día siguiente. No dejéis creer a vuestros hijos que no importa que trabajen o no. Enseñadles que se necesita su ayuda, que su tiempo es valioso, y que dependéis de su trabajo. {1JT 145.1}

 

El pecado de la ociosidad

 

Se me ha mostrado que mucho pecado es resultado de la ociosidad. Las manos y las mentes activas no hallan tiempo para ceder a toda tentación que el enemigo sugiere; pero las manos y los cerebros ociosos están totalmente preparados para ser dominados por Satanás. Cuando la mente no está debidamente ocupada, se espacia en cosas impropias. Los padres deben enseñar a sus hijos que la ociosidad es pecado. Se me mencionó lo que se dice enEzequiel 16:49: “He aquí que esta fué la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, hartura de pan, y abundancia de ociosidad tuvo ella y sus hijas; y no corroboró la mano del afligido y del menesteroso.” {1JT 145.2}

Los hijos deben sentir que tienen una deuda con sus padres que los han vigilado durante su infancia, y cuidado en tiempos de enfermedad. Deben darse cuenta de que sus padres han sufrido mucha ansiedad por ellos. Los padres piadosos y concienzudos han sentido especialmente el más profundo interés en que sus hijos eligiesen el buen camino. ¡Cuánta tristeza sintieron en sus corazones al ver defectos en sus hijos! Si éstos, que causaron tanto dolor a esos corazones, pudiesen ver el efecto de su conducta, se arrepentirían ciertamente de ella. Si pudiesen ver las lágrimas de su madre, y oír sus oraciones a Dios en su favor, si pudiesen escuchar sus reprimidos y entrecortados suspiros, sus corazones se conmoverían, y prestamente confesarían sus pecados y pedirían perdón. Tanto los de más edad como los jóvenes tienen una obra que hacer. Los padres deben prepararse mejor para desempeñar su deber con sus hijos. Algunos padres no los comprenden a éstos, ni los conocen verdaderamente. A menudo hay una gran distancia entre padres e hijos. Si los padres quisieran compenetrarse plenamente de los sentimientos de sus hijos, y desentrañar lo que hay en sus corazones, se beneficiarían ellos mismos. {1JT 145.3}

 

La conversión de los hijos

 

Los padres deben obrar fielmente con las almas que les han sido confiadas. No deben estimular en sus hijos el orgullo, el despilfarro y el amor a la ostentación. No deben enseñarles ni permitir que aprendan pequeñas gracias que parecen vivezas en los niños, pero que después tienen que desaprenderse, y que tendrán que corregirse cuando sean mayores. Los hábitos que primero se adquieren no se olvidan fácilmente. Padres, debéis comenzar a disciplinar las mentes de vuestros hijos en la más tierna edad, a fin de que sean cristianos. Tiendan todos vuestros esfuerzos a su salvación. Obrad como que fueron confiados a vuestro cuidado para ser labrados como preciosas joyas que han de resplandecer en el reino de Dios. Cuidad de no estar arrullándolos sobre el abismo de la destrucción, con la errónea idea de que no tienen bastante edad para ser responsables, ni para arrepentirse de sus pecados y profesar a Cristo. {1JT 146.1}

Se me refirió a las muchas promesas preciosas registradas para aquellos que buscan temprano a su Salvador. “Acuérdate de tu Criador en los días de tu juventud, antes que vengan los malos días, y lleguen los años, de los cuales digas, No tengo en ellos contentamiento.” Eclesiastés 12:1. “Yo amo a los que me aman; y me hallan los que madrugando me buscan.” Proverbios 8:17. El gran Pastor de Israel dice todavía: “Dejad a los niños, y no les impidáis de venir a mí; porque de los tales es el reino de los cielos.” Mateo 19:14. Enseñad a vuestros hijos que la juventud es el mejor tiempo para buscar al Señor. Entonces las cargas de la vida no pesan sobre ellos, y sus mentes juveniles no están agobiadas por los cuidados. Mientras están así libres, deben dedicar lo mejor de su fuerza a Dios. {1JT 146.2}

Estamos viviendo en una época desdichada para los niños. Se siente una fuerte corriente que arrastra hacia abajo, hacia la perdición, y se necesita algo más que una experiencia y fuerza de niño para remontar esa corriente y no ser llevado por ella. Los jóvenes en general parecen cautivos de Satanás, y éste y sus ángeles los llevan a una destrucción segura. Satanás y sus huestes hacen guerra contra el gobierno de Dios. A todos los que tienen deseo de entregar su corazón al Señor y de obedecer sus requerimientos, Satanás tratará de hacerles sufrir perplejidades y de vencerlos con sus tentaciones, a fin de que se desalienten y renuncien a la lucha. {1JT 147.1}

Padres, ayudad a vuestros hijos. Despertad del letargo que ha pesado sobre vosotros. Velad continuamente para detener la corriente y rechazar el peso del mal que Satanás está echando sobre vuestros hijos. Los niños no pueden hacer esto de por sí, pero los padres pueden hacer mucho. Mediante la oración ferviente y la fe viva, ganarán grandes victorias. Algunos padres no se han dado cuenta de las responsabilidades que pesan sobre ellos, y han descuidado la educación religiosa de sus hijos. Por la mañana, los primeros pensamientos del cristiano deben fijarse en Dios. Los trabajos mundanales y el interés propio deben ser secundarios. Debe enseñarse a los niños a respetar y reverenciar la hora de oración. Antes de salir de la casa para ir a trabajar, toda la familia debe ser convovocada, y el padre, o la madre en ausencia del padre, debe rogar con fervor a Dios que los guarde durante el día. Acudid con humildad, con un corazón lleno de ternura, presintiendo las tentaciones y peligros que os acechan a vosotros y a vuestros hijos, y por la fe atad a estos últimos sobre el altar, solicitando para ellos el cuidado del Señor. Los ángeles ministradores guardarán los niños así dedicados a Dios. Es el deber de los padres creyentes levantar así, mañana y tarde, por ferviente oración y fe perseverante, una valla en derredor de sus hijos. Deben instruirlos con paciencia, enseñándoles bondadosa e incansablemente a vivir de tal manera que agraden a Dios. {1JT 147.2}

 

La debida disciplina y educación

 

La impaciencia de los padres excita la de los hijos. La ira manifestada por los padres, crea ira en los hijos, y despierta lo malo de su naturaleza. Algunos padres corrigen a sus hijos severamente con impaciencia, y muchas veces con ira. Tales correcciones no producen ningún buen resultado. Al tratar de corregir un mal, se crean dos. La censura continua y el castigo corporal endurecen a los niños y los separan de sus padres. {1JT 148.1}

Estos deben aprender primero a dominarse a sí mismos; y entonces podrán dominar con más éxito a sus hijos. Cada vez que pierden el dominio propio, y hablan y obran con impaciencia, pecan contra Dios. Deben primero razonar con sus hijos, señalarles claramente sus equivocaciones, mostrarles su pecado, y hacerles comprender que no sólo han pecado contra sus padres, sino contra Dios. Teniendo vuestro propio corazón subyugado y lleno de compasión y pesar por vuestros hijos errantes, orad con ellos antes de corregirlos. Entonces vuestra corrección no hará que vuestros hijos os odien. Ellos os amarán. Verán que no los castigáis porque os han causado inconvenientes, ni porque queréis desahogar vuestro desagrado sobre ellos, sino por un sentimiento del deber, para beneficio de ellos, a fin de que no se desarrollen en el pecado. {1JT 148.2}

Algunos padres no han dado educación religiosa a sus hijos, y han descuidado también su educación escolar. Ni la una ni la otra debieran haberse descuidado. Las mentes de los niños son activas, y si ellos no se dedican al trabajo físico o se ocupan en el estudio, quedarán expuestos a las malas influencias. Es un pecado de parte de los padres dejar a sus hijos crecer en la ignorancia. Deben proporcionarles libros útiles e interesantes, deben enseñarles a trabajar, a tener sus horas de trabajo físico y sus horas de estudio y lectura. Los padres deben tratar de elevar las mentes de sus hijos, y de cultivar sus facultades mentales. La mente, abandonada a sí misma, sin cultivo, es generalmente baja, sensual y corrupta. Satanás aprovecha su oportunidad, y educa a las mentes ociosas. {1JT 148.3}

Padres, el ángel registrador escribe toda palabra impaciente e irritada que decís a vuestros hijos. Cada vez que dejáis de darles las instrucciones debidas y de mostrarles el carácter excesivamente grave del pecado y el resultado final de una conducta pecaminosa, ello queda registrado frente a vuestro nombre. Cada palabra que decís descuidadamente delante de ellos, aunque sea en broma, cada palabra que no sea casta y elevada, queda anotada por el ángel como una mancha sobre vuestro carácter cristiano. Todos vuestros actos quedan registrados, sean buenos o malos. {1JT 149.1}

Los padres no pueden tener éxito en el gobierne de sus hijos antes de haber adquirido perfecto dominio sobre sí mismos. Deben primero aprender a subyugarse, a dominar sus palabras y la misma expresión de su rostro. No deben permitir que se turbe el tono de su voz, o se agite con excitación e ira. Entonces podrán tener una influencia decisiva sobre sus hijos. Los hijos pueden desear hacer lo recto, pueden proponerse en su corazón ser obedientes y bondadosos para con sus padres o tutores; pero necesitan ayuda y estímulo de parte de ellos. Pueden hacer buenas resoluciones, pero a menos que sus principios sean fortalecidos por la religión y en sus vidas reine la influencia de la gracia renovadora de Cristo, no alcanzarán su objeto. {1JT 149.2}

Los padres deben duplicar sus esfuerzos para la salvación de sus hijos. Deben instruirlos con fidelidad, y no permitir que obtengan su educación ellos mismos como mejor puedan. No se debe permitir que los jóvenes aprendan lo bueno y lo malo indistintamente, con la idea de que en algún tiempo futuro lo bueno prevalecerá y lo malo perderá su influencia. Lo malo se desarrolla más rápidamente que lo bueno. Es posible que lo malo que hayan aprendido sea erradicado después de muchos años; pero ¿quién quiere correr ese riesgo? El tiempo es corto. Es más fácil y mucho más seguro sembrar semilla limpia y buena en el corazón de vuestros hijos, que arrancar las malas hierbas después. Es el deber de los padres velar para que las influencias que rodean a sus hijos no tengan un efecto perjudicial sobre ellos. Es su deber elegirles los compañeros que han de tener y no dejar que ellos mismos los elijan. ¿Quién cumplirá este deber si los padres no lo hacen? ¿Pueden los demás tener en favor de vuestros hijos el interés que debierais tener vosotros? ¿Pueden ejercer ese cuidado constante y amor profundo que sienten los padres? {1JT 149.3}

 

Las influencias del hogar

 

Puede suceder que los niños observadores del sábado se impacienten por las restricciones y piensen que sus padres son demasiado estrictos; y hasta puede suceder que se susciten en sus corazones sentimientos duros y lleguen a alimentar pensamientos de descontento y pesar contra aquellos que obran para su bien presente, futuro y eterno. Pero si llegan a vivir algunos años más, bendecirán a sus padres por el cuidado estricto y la vigilancia fiel que ejercieron sobre ellos en sus años de inexperiencia. {1JT 150.1}

Los padres deben explicar y simplificar ante sus hijos el plan de salvación, a fin de que sus mentes juveniles puedan comprenderlo. Los niños de ocho, diez y doce años tienen ya bastante edad para que se les hable de la religión personal. No mencionéis a vuestros hijos algún período futuro en el que tendrán bastante edad para arrepentirse y creer en la verdad. Si son debidamente instruídos, los niños, aun los de poca edad, pueden tener opiniones correctas acerca de su estado de pecado y el camino de salvación por Cristo. Los predicadoresmanifiestan generalmente demasiada indiferencia hacia la salvación de los niños, y su obra no es tan personal como debiera ser. Muchas veces se pierden áureas oportunidades de impresionar las mentes de los niños. {1JT 150.2}

La mala influencia que rodea a nuestros niños es casi abrumadora; está corrompiendo sus mentes y arrastrándolos a la perdición. Las mentes juveniles son por naturaleza dadas a la liviandad; y en tierna edad, antes que su carácter esté formado y su juicio maduro, manifiestan a menudo su preferencia por compañías que ejercen sobre ellos una influencia perjudicial. Algunos adquieren afición al sexo opuesto, contra los deseos y ruegos de sus padres, y violan, deshonrándolos así, el quinto mandamiento. Es deber de los padres vigilar las salidas y las entradas de sus hijos. Deben estimularlos y presentarles incentivos que los atraigan al hogar y les hagan ver que sus padres se interesan en ellos. Deben hacer alegre y placentero el hogar. {1JT 151.1}

 

No vayamos a los extremos

 

Padres y madres, hablad bondadosamente a vuestros hijos; recordad cuán sensibles sois vosotros mismos y cuán poca censura podéis soportar; reflexionad y reconoced que vuestros hijos son como vosotros. No les impongáis lo que vosotros mismos no podéis llevar. Si no podéis soportar la censura y la inculpación, tampoco lo pueden vuestros hijos, que son más débiles que vosotros y no pueden aguantar tanto. Sean vuestras palabras agradables y alegres como rayos de sol en la familia. Los frutos del dominio propio, la atención y el esmero que manifestéis se centuplicarán. {1JT 151.2}

Los padres no tienen derecho a ensombrecer la felicidad de sus hijos por su censura o severas críticas por errores triviales. Lo que es verdaderamente malo debe ser presentado en el verdadero carácter pecaminoso que tiene y se debe proceder con firmeza y decisión para evitar que se repita. Debe hacerse sentir a los niños el mal que han hecho, pero no se les debe dejar en un estado mental desesperado, sino con cierto grado de valor a fin de que puedan mejorar y ganar vuestra confianza y aprobación. {1JT 151.3}

Algunos padres cometen el error de conceder a sus hijos demasiada libertad. Tienen a veces tanta confianza en ellos que no ven sus defectos. Es malo permitir a los niños realizar visitas distantes que entrañan cierto gasto, sin estar acompañados de sus padres o tutores. Ello tiene una mala influencia sobre los niños. Llegan a pensar que son muy importantes y que les pertenecen ciertos privilegios, y si éstos no les son concedidos, se creen maltratados. Hacen alusión a otros niños que van y vienen y tienen muchos privilegios, mientras que ellos tienen tan pocos. {1JT 152.1}

Y la madre, temiendo que sus hijos la crean injusta, satisface sus deseos, lo cual les causa gran perjuicio. Los jóvenes visitantes, que no se hallan bajo el ojo vigilante de alguno de sus padres, de modo que éstos puedan ver y corregir sus faltas, reciben a menudo impresiones cuya supresión requiere meses. Se me refirieron casos de padres que tenían hijos buenos y obedientes y que, teniendo la mayor confianza en ciertas familias, dejaron que sus hijos se alejasen por un tiempo de su lado para visitar a estos amigos. Desde entonces se notó un cambio completo en la conducta y el carácter de estos hijos. Antes, vivían contentos y felices en el hogar, y no tenían muchos deseos de hallarse en compañía de otras personas jóvenes. Cuando volvieron a sus padres, la restricción les pareció injusta, y el hogar una cárcel. Decisiones tan imprudentes de parte de los padres deciden el carácter de sus hijos. {1JT 152.2}

Al hacer visitas tales, algunos niños traban relaciones que al fin los conducen a la ruina. Padres, conservad a vuestros hijos a vuestro lado si podéis, y vigiladlos con la más tierna solicitud. Cuando los dejáis ir de visita a cierta distancia, se sienten con bastante edad para cuidarse y hacer sus propias decisiones. Cuando se deja a los jóvenes así abandonados a sí mismos, su conversación versa a menudo sobre temas que no los refinan ni elevan, ni tampoco aumentan su amor por lo que atañe a la religión. Cuanto mayor sea el número de visitas que se les permita hacer, tanto mayor será el deseo de realizarlas y menos atrayente les parecerá el hogar. {1JT 152.3}

Hijos, Dios consideró propio confiaros al cuidado de vuestros padres, para que ellos os instruyan y disciplinen, y así desempeñen su parte en formar vuestro carácter para el cielo. Pero a vosotros os incumbe decir si queréis adquirir un buen carácter cristiano aprovechando las ventajas que significa para vosotros el haber tenido padres piadosos, fieles y vigilantes en la oración. A pesar de toda la ansiedad y la fidelidad de los padres en favor de sus hijos, ellos solos no pueden salvarlos. Los hijos tienen también una obra que hacer. Cada hijo tiene que atender su caso individual. Padres creyentes, os incumbe una obra de responsabilidad para guiar los pasos de vuestros hijos aun en su experiencia religiosa. Cuando amen verdaderamente a Dios os bendecirán y reverenciarán por el cuidado que les otorgasteis y por vuestra fidelidad al restringir sus deseos y subyugar sus voluntades. {1JT 153.1}

 

Es necesario obrar a tiempo

 

Prevalece en el mundo la tendencia a dejar a los jóvenes seguir la inclinación natural de su propia mente. Y los padres dicen que si los jóvenes son muy desenfrenados en su adolescencia se corregirán más tarde, y que cuando tengan dieciséis o dieciocho años razonarán por su cuenta, abandonarán sus malos hábitos y llegarán por fin a ser hombres y mujeres útiles. ¡Qué error! Durante años permiten que el enemigo siembre en el jardín del corazón; permiten que se desarrollen en él malos principios, y en muchos casos todo el trabajo que se haga para cultivar ese terreno no servirá para nada. {1JT 153.2}

Satanás trabaja con astucia y perseverancia y es un enemigo mortífero. Cuandoquiera que se pronuncie una palabra descuidada para perjuicio de la juventud, sea en adulación o para hacerle considerar un pecado con menos aborrecimiento, Satanás se aprovecha de ello y alimenta la mala semilla, a fin de que pueda arraigar y producir abundante cosecha. Algunos padres han dejado a sus hijos adquirir malas costumbres, cuyos rastros podrán verse a través de toda la vida. Los padres son responsables de este pecado. Esos hijos pueden profesar ser cristianos, pero sin una obra especial de la gracia en el corazón y una reforma cabal en la vida, sus malas costumbres pasadas se advertirán en toda su experiencia y manifestarán precisamente el carácter que sus padres les permitieron adquirir.{1JT 153.3}

 

Con el mundo en sus placeres

 

La norma de la piedad es tan baja entre los que profesan ser cristianos, en general, que los que desean seguir a Cristo con sinceridad, hallan esto más difícil y trabajoso de lo que de otro modo sería. La influencia de los que profesan ser cristianos pero manifiestan un espíritu mundanal, perjudica a los jóvenes. Los más de los que profesan ser cristianos han suprimido la línea de demarcación entre los cristianos y el mundo; y aunque profesan vivir por Cristo, están viviendo para el mundo. Su fe ejerce poca influencia refrenadora sobre sus placeres; mientras que profesan ser hijos de la luz andan en obscuridad y son hijos de la noche y de las tinieblas. {1JT 154.1}

Los que andan en tinieblas no pueden amar a Dios ni desear sinceramente glorificarle. No son iluminados para discernir la excelencia de las cosas celestiales, y por lo tanto no pueden amarla de veras. Profesan ser cristianos porque ello es considerado honorable, y no tienen que llevar cruz alguna. Sus motivos son a menudo egoístas. Las tales personas, que profesan ser cristianas, pueden entrar en un salón de baile y participar de todas las diversiones que éste proporciona. Otras no pueden ir tan lejos, pero asisten a fiestas, salidas campestres, exposiciones y otras diversiones. Y el ojo más avizor no lograría discernir en los tales cristianos profesos una sola señal de cristianismo. Uno no podría ver en su aspecto diferencia alguna entre ellos y el mayor incrédulo. El cristiano profeso, el disoluto, el que se burla abiertamente de la religión, y el que es francamente profano, todos se mezclan como un solo cuerpo, y Dios los considera uno en espíritu y práctica. {1JT 154.2}

Una profesión del cristianismo, sin la fe y las obras correspondientes, no servirá de nada. Nadie puede servir a dos señores. Los hijos del maligno son los siervos de su señor, al cual se entregaron para obedecerle; son sus siervos, y no pueden ser siervos de Dios a menos que renuncien a todas sus obras. No puede ser inofensivo para los siervos del Rey celestial el tomar parte en los placeres y diversiones en que participan los siervos de Satanás, aun cuando repitan a menudo que las tales diversiones son inocentes. Dios ha revelado verdades sagradas y santas que han de separar a sus hijos de los impíos y purificarlos para sí. Los adventistas del séptimo día deben vivir conforme a su fe. Los que obedecen los diez mandamientos consideran el estado del mundo y las cosas religiosas desde un punto de vista completamente diferente del que tienen los que profesan ser cristianos, pero son amantes de los placeres, rehuyen la cruz y viven violando el cuarto mandamiento. {1JT 155.1}

 

La tarea no es fácil

 

En el actual estado de la sociedad, no es tarea fácil para los padres refrenar a sus hijos e instruirlos de acuerdo con la norma de lo recto que establece la Biblia. Los que profesan tener religión se han apartado de la Palabra de Dios a tal punto, que cuando los hijos de Dios vuelven a su Palabra sagrada, y quieren educar a sus hijos según sus preceptos y, como antiguamente lo hizo Abrahán, mandar a su familia después de sí, los pobres niños, que sientan tal influencia en derredor de sí, piensan que sus padres son innecesariamente exigentes y demasiado estrictos para con ellos con respecto a sus compañías. Desean naturalmente seguir el ejemplo de aquellos que profesan ser cristianos, y, sin embargo, aman los placeres y el mundo. {1JT 155.2}

En estos tiempos, no se conocen casi las persecuciones y el oprobio por amor de Cristo. Muy poca abnegación y sacrificio son necesarios para asumir una forma de piedad y hacer inscribir el nombre de uno en los registros de la iglesia; pero el vivir de tal manera que nuestros caminos agraden a Dios y nuestros nombres estén registrados en el libro de la vida, requerirá vigilancia y oración, abnegación y sacrificio de nuestra parte. Los que profesan ser cristianos no son ejemplo para la juventud, sino tan sólo en la medida en que sigan a Cristo. Las buenas acciones son inequívocos frutos de la verdadera piedad. El Juez de toda la tierra dará a cada uno conforme a sus obras. Los niños que siguen a Cristo tienen una lucha delante de sí; tienen que llevar diariamente una cruz para salir del mundo, mantenerse separados e imitar la vida de Cristo. {1JT 155.3}

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