Promesa de Dios a los padres

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Sean nuestros hijos como plantas crecidas en su juventud, nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio. Salmos 144:12.

Hemos sido extraídos como piedras toscas de la cantera del mundo por el pico de la verdad, para ser colocados en la vitrina de Dios. Quien tenga una fe genuina en Cristo como su Salvador personal, descubrirá que la verdad lleva a cabo una obra definida en su favor. Su fe es una fe activa, y la fe obra por el amor y purifica el alma. Jesús pagó nuestro rescate; dio su propia vida para que los que crean en él no se pierdan, mas tengan vida eterna. Los que reciban la verdad por la fe darán testimonio de la calidad de su fe. Mejorarán constantemente, al mirar a Jesús, Autor y Consumador de nuestra fe. No podemos producir fe, pero podemos colaborar con Cristo para promover el desarrollo y el triunfo de la fe…

La obra de Cristo en el corazón no destruye las facultades del ser humano.

Cristo dirige, fortalece, ennoblece y santifica las virtudes del alma. Al relacionarnos personalmente con él, nos capacitamos para representar su carácter ante el mundo. Jesús dice: “Más todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Juan 1:12. Y de nuevo: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. Juan 1:16.

Se debe manifestar a Cristo en el círculo del hogar. Los padres y madres tienen una pesada responsabilidad, porque se les ha encargado dar lecciones correctas a sus hijos. Tienen que hablarles con bondad, ser pacientes con ellos, velar en oración suplicándole al Señor que modele y conforme los corazones de sus hijos. Pero mientras lo hacen, hagan su parte los padres y madres, al presentar a sus retoños un vívido ejemplo del Modelo divino. Dios no aceptará una obra mal hecha. Los hijos son herencia de Dios, y los ángeles del cielo están vigilando para ver si los padres y los hijos colaboran con él en la edificación del carácter de acuerdo con el modelo divino.—Manuscrito 32, del 29 de julio de 1894, “Reunión en Seven Hills”.

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