Recibir el perdón de Dios es recibir la justificación

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“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño”. Salmos 32:1, 2.{CT 152.1}
Muchos cometen el error de tratar de definir minuciosamente los delicados matices de distinción entre justificación y santificación. Para definir esos dos términos con frecuencia recurren a sus propias ideas y especulaciones. ¿Por qué tratar de ser más minucioso de lo que es la inspiración acerca de la cuestión vital de la justificación por la fe? ¿Por qué tratar de resolver el problema de cada diminuto matiz, como si la salvación del alma dependiera de que todos tengan exactamente su modo de ver este asunto? No todos pueden tener el mismo enfoque. Usted corre el riesgo de hacer un mundo de un átomo y un átomo de un mundo.{CT 152.2}
Cuando el pecador arrepentido, contrito delante de Dios, discierne la expiación de Cristo en su favor y la acepta como su única esperanza en esta vida y en la vida futura, sus pecados son perdonados. Esto es justificación por la fe. Cada alma creyente debe amoldar íntegramente su voluntad con la voluntad de Dios y mantenerse en un estado de arrepentimiento y contrición, ejerciendo fe en los méritos expiatorios del Redentor y avanzando de fortaleza en fortaleza, de gloria en gloria. Perdón y justificación son una y la misma cosa…{CT 152.3}
Justificación es lo opuesto a condenación. La ilimitada misericordia de Dios se aplica a los que son completamente indignos. Él perdona las transgresiones y los pecados por causa de Jesús, quien se ha convertido en la propiciación por nuestros pecados. El transgresor culpable es puesto en gracia delante de Dios mediante la fe en Cristo, y llega a poseer la firme esperanza de la vida eterna…{CT 152.4}
David fue perdonado de sus transgresiones porque humilló su corazón ante Dios, con arrepentimiento y contrición de alma, y creyó que se cumpliría la promesa de perdón de Dios. Confesó su pecado, se arrepintió y se reconvirtió. En el arrobamiento de la seguridad del perdón, exclamó: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.” Se recibe la bendición gracias al perdón; se recibe el perdón por la fe en que el pecado que se ha confesado, y del cual uno se ha arrepentido, lo carga Aquel que lleva todos los pecados. Así fluyen de Cristo todas nuestras bendiciones. Su muerte es un sacrificio expiatorio por nuestros pecados. Él es el gran intermediario por medio de quien recibimos la misericordia y el favor de Dios. Es sin duda el originador y el autor, así como el consumador, de nuestra fe.—Manuscrito 21, 1891.{CT 152.5}

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