Una condescendencia sin parangón

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Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo. Hebreos 2:14.

Satanás logró la caída del hombre, y desde entonces su tarea ha consistido en borrar en él la imagen de Dios, y estampar en los corazones humanos su propia imagen… Intercepta todo rayo de luz que viene de Dios al hombre, y se apodera de la adoración que le corresponde a Dios…

Pero el unigénito hijo de Dios contempló la escena y observó el sufrimiento y la miseria humanos… Consideró las tretas mediante las cuales Satanás trata de extirpar del alma humana todo rasgo de semejanza a Dios; cómo los indujo a la intemperancia para destruir las facultades morales que Dios les ha dado como un don preciosísimo e inapreciable. Vio cómo por medio de la complacencia del apetito se destruía el poder del cerebro y se arruinaba el templo de Dios… Los sentidos, los nervios, las pasiones, y los órganos del hombre eran inducidos por instrumentos sobrenaturales a la complacencia de los apetitos más groseros y viles. La misma estampa de los demonios se veía impresa en el semblante de los hombres, y los rostros humanos reflejaban la expresión de las legiones del mal que los poseían.

Tales eran las perspectivas que consideraba el Redentor del mundo. ¡Qué horrible espectáculo tenía que ser éste a los ojos del infinito en pureza!…

La gran condescendencia de Dios es un misterio que está más allá de nuestro alcance. La grandeza del plan no puede ser comprendida plenamente, ni puede la sabiduría infinita idear un plan que lo sobrepuje. Pudo tener éxito únicamente… porque Cristo, llegó a ser hombre, y sufrió la ira que el pecado ha producido debido a la transgresión de la ley de Dios. Por medio de este plan, el Dios grande y terrible puede ser justo, y al mismo tiempo justificador de todos los que creen en Jesús, y que lo reciben como Salvador personal. Esta es la ciencia celestial de la redención, de salvar al hombre de la ruina eterna.—The Review and Herald, 22 de octubre de 1895.

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