Unidad de fe y doctrina

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Mi esposo, junto con los pastores José Bates, Esteban Pierce, Hiram Edson, y otros que eran inteligentes, nobles y veraces, estaban entre aquellos que, después que pasó el tiempo en 1844, escudriñaban en procura de la verdad como si fuera un tesoro escondido.{IR 28.1}
Solíamos reunirnos, con el alma abrumada, orando para que lográramos la unidad de fe y doctrina; porque sabíamos que Cristo no está dividido. Investigábamos cada punto separadamente. Abríamos las Escrituras con reverente temor. A menudo ayunábamos, a fin de poder estar mejor preparados para entender la verdad. Después de fervientes plegarias, si algún punto no se entendía, era objeto de discusión, y cada uno expresaba su opinión con libertad; entonces solíamos arrodillarnos de nuevo en oración, y ascendían fervientes súplicas al cielo, para que Dios nos ayudara a estar completamente de acuerdo, para que pudiéramos ser uno como Cristo y el Padre son uno. Derramamos muchas lágrimas.{IR 28.2}
Pasamos muchas horas de esta manera. A veces estábamos la noche entera dedicados a la solemne investigación de las Escrituras, a fin de poder entender la verdad para nuestro tiempo. En tales ocasiones el Espíritu de Dios solía venir sobre mí, y las porciones difíciles eran aclaradas por el medio señalado por Dios, y entonces había perfecta armonía. Eramos todos de una misma mente y de un mismo espíritu.{IR 29.1}
Poníamos especial cuidado en que los textos no fueran torcidos para acomodarlos a opiniones personales. Tratábamos de que nuestras diferencias fueran tan leves como fuera posible, y no nos espaciábamos en puntos de menor importancia sobre los cuales había diversas opiniones. La preocupación de cada uno era crear entre los hermanos, una atmósfera tal que contestara la oración de Cristo de que sus discípulos fuesen uno, como él y el Padre son uno.{IR 29.2}
A veces, uno o dos de los hermanos se oponían con empecinamiento al punto de vista presentado, dando rienda suelta a los sentimientos naturales del corazón; pero cuando aparecía esta disposición, suspendíamos las investigaciones y postergábamos nuestra reunión, para que cada uno pudiera tener la oportunidad de ir a Dios en oración y, sin conversar con los demás, estudiar el punto controvertido, pidiendo luz del cielo. Nos separábamos con expresiones de amistad, para reunirnos de nuevo tan pronto como fuera posible a fin de proseguir con la investigación. A veces el poder de Dios descendía en forma señalada sobre nosotros, y cuando una luz clara revelaba los puntos de la verdad, llorábamos y nos regocijábamos juntos. Amábamos a Jesús, y nos amábamos mutuamente. {IR 29.3}
Poco a poco fuimos aumentando en número. La semilla sembrada fue regada por Dios, y él dio el crecimiento. Al comienzo nos reuníamos para el culto, y presentábamos la verdad a los que venían a escuchar, tanto en casas privadas, como en cocinas grandes, en galpones, en bosques y en edificios escolares; pero no pasó mucho tiempo antes que nos fuera posible edificar humildes casas de culto.{IR 30.1}

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