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Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos. Proverbios 23:26.{DNC 40.1}
El Señor os dice a cada uno de vosotros: “Dame, hijo mío, tu corazón”. El ve vuestra confusión. El sabe que vuestra alma está enferma de pecado, y desea deciros: “Tus pecados te son perdonados”. El Gran Médico tiene un remedio para cada dolencia. El entiende tu caso. Sean cuales fueren tus errores, él sabe cómo arreglarlos. ¿No te encomendarás a él?{DNC 40.2}
La bendición de Dios reposará sobre cada alma que se consagre plenamente a él. Cuando busquemos a Dios de todo corazón, lo encontraremos. Dios tiene celo por nosotros, y quiere que hagamos una obra cabal para la eternidad. El volcó todo el cielo en un don, y no hay razón para dudar de su amor. Contemplemos el Calvario…{DNC 40.3}
Dios te pide que le des tu corazón. Tus facultades, tus talentos, tus afectos, todo debes consagrarle para que pueda obrar en ti el querer y el hacer su voluntad y te haga apto para la vida eterna.{DNC 40.4}
Cuando Cristo mora en el corazón, el alma está llena de su amor, del gozo de su comunión, que se une a él; y pensando en él, se olvida de sí misma. El amor de Cristo es el móvil de la acción. Aquellos que sienten el constructivo amor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer los requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más baja norma aceptada, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Salvador. Con ardiente deseo entregan todo, y manifiestan un interés proporcionado al valor del objeto que buscan.{DNC 40.5}
Lo que Dios quiere es el espíritu sumiso, susceptible de enseñanza. Lo que otorga a la oración su excelencia es el hecho de que emana de un corazón amante y obediente.*{DNC 40.6}
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