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Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre,  creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4:23, 24.
Cristo reprendía fielmente… Su misma presencia era un reproche para todo lo falso y bajo. A la luz de su pureza, los hombres veían que eran impuros, y que el blanco de su vida era despreciable y falso. Sin embargo, él los atraía. El que había creado al hombre, apreciaba el valor de la humanidad.—La Educación, 75.
Todos los defectos de carácter se originan en el corazón. El orgullo, la vanidad, el mal genio y la codicia proceden del corazón carnal que no ha sido renovado por la gracia de Cristo.—Nuestra Elevada Vocación, 338.
La gracia de Dios obra por la renovación para transformar la vida. No basta un mero cambio externo para ponernos en armonía con Dios. Hay muchos que tratan de reformarse corrigiendo este mal hábito o aquel otro, y esperan de este modo llegar a ser cristianos, pero están comenzando por mal lugar. Nuestra obra comienza con el corazón…
Las Escrituras son el gran instrumento en la transformación del carácter.
Cristo oró: “Santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad”. Juan 17:17. Si se la estudia y obedece, la Palabra de Dios obra en el corazón, sometiendo toda característica no santificada. El Espíritu Santo desciende para convencernos de pecado, y la fe que surge en el corazón obra por medio del amor de Cristo conformándonos en cuerpo, alma y espíritu a su voluntad…
No nos escatimemos a nosotros mismos, por lo contrario, realicemos con fervor la obra de reforma que debe ser hecha en nuestras vidas. Crucifiquemos el yo. Los hábitos impíos pueden pretender que se les dé el dominio, pero en el nombre de Jesús y en virtud de su fuerza podemos vencer.
A aquel que diariamente trata de guardar su corazón con toda diligencia se le da la promesa: “Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. Romanos 8:38, 39.—The Review and Herald, [224] 7 de julio de 1904.

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